El cuerpo (y la mente) del delito.

El pecado original, la rebeldía de las mujeres, la negativa a ser malas solo por no ser siervas. La idea de que las mujeres deben ser buenas, de que deben ser santas, porque lo contrario no está permitido; no es más que una de las piezas más ignoradas de la misoginia. Las mujeres no somos seres de luz que nacemos sin la capacidad de hacer maldades. Es cierto que la violencia no está incluida en lo que nos enseñan por socializacion, por lo que se contribuye a que seamos menos violentas o hagamos daño de otras formas consideradas nuestras (maltrato emocional, manipulación, violencia simbólica, etc). Pero esto no nos convierte en santas, no queremos ser santas.

Ni santas, ni putas: Villanas.

Desde el principio de la literatura conocida, hemos visto representada la maldad. Pero es curioso fijarse que este rasgo de la personalidad no es igualmente representado en hombres y mujeres, desde «la primera mujer» de la Biblia se nos presenta como el mal por interés, por venganza o por capricho. Pocas veces se nos presenta como villanas completas con trasfondo e historia, pocas veces se habla de villanas que sean fuertes e independientes sin sexualizarlas o reducirlas a una caricatura superficial que ve a otras mujeres como enemigas. Pasa a menudo desapercibido, sin embargo, que muchas de las Villanas (incluso aquellas dirigidas a la infancia) representan roles asociados a la sensualidad o la seducción, lo que conlleva que se las pinte como «Femme Fatale». Este es uno de los principales motivos por los cuales no se nos toma enserio, no se ve relacionado a nuestra figura como mujeres la maldad o la violencia.

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