Fetichismo: el Racismo Invisible

Bajo falsas promesas, la mujer racializada ha pasado de ser una marginada a la fetichización. Tener espacios dentro de lo cultural o social no es ninguna victoria para ninguna lucha, solo lo es para el patriarcado, que nos vende como un objeto exótico que en muchos casos se bestializa con la intención de deshumanizarnos y convertirnos en algo consumible. En la industria pornográfica, la mujer racializada es considerada una categoría, un género dentro de las miles de filias que allí se financian. Nos exponen cómo venden el sexo lésbico, el sexo anal, bukakes, y otras prácticas muy populares dentro de la industria. Esa forma de mirar a la mujer racializada como un individuo ajeno a la normatividad, no es un invento de ningún director de esta industria, es una necesidad que el mercado satisface.

Dependiendo del país y raza, la mujer es representada como sumisa o fiera. Como algo a lo que temer y deshumanizar o como algo a lo que aspirar para así ganar capital social. A las mujeres consideradas fieras se las presenta como aquello que domar, someter, conquistar y colonizar. A las mujeres consideradas sumisas se las codicia como el epítome de lo que debe ser una mujer: inocente y delicada, con una apariencia agradablemente exótica. En ambos casos la socialización es profundamente racista, pero desgraciadamente tendemos a socializar el racismo con violencia física y verbal, no con deseos. Fetichizar cualquier grupo vulnerable no es más que una forma de opresión disfrazada de buena intención, no estás tratando a ese grupo como un igual, nos estás tratando como un objeto consumible.

La #Fetichización de grupos vulnerables no es una forma de empoderamiento de dichos grupos, es una objetivización de los mismos desde el #colonialismo y el #capitalismo.

El Feminismo Antirracista

Si a las mujeres racializadas se las identifica como sujetos ajenos a lo normativo, también se las expulsa de la sociedad y acaban fuera de las luchas feministas. Muchas veces por su propia mano, ya que no se sienten interpeladas por los debates que ocupan las principales esferas feministas más visibles. Ellas tienen otras preocupaciones, ellas quieren romper el techo de cristal y nosotras solo estamos viendo hacia dónde caen los trozos para no cortarnos. A menudo se sienten invasoras o, peor aún: un eslogan para señalizar el sufrimiento de la mujer en el que nunca son protagonistas como tal. Así acabamos en espacios feministas racializados que están en contínua disputa con el feminismo institucional. Debe haber un compromiso por parte de este feminismo a no encerrarse en modelos normativos de la mujer, pues si no somos capaces de reconocer algo tan simple como la diversidad, no seremos más que una herramienta dócil y afín al liberalismo.

No podemos pretender meter en el mismo saco todas las vivencias porque no son las mismas, no puedes hablar de cómo se casa a niñas en la India mientras tú jamás vas a verte avocada a un matrimonio infantil porque en tu cultura no es ni siquiera legal. No puedes instrumentalizar el sufrimiento de compañeras a miles de kilómetros solamente para atacar a otros grupos vulnerables que están en tu misma ciudad pagando por tus cristales rotos. Desde el feminismo institucional somos un escaparate donde las mujeres blancas convierten nuestras vivencias en un compendio de realidades que se quieren reapropiar bajo el paraguas de mujer, experiencias que no viven ni vivirán jamás pero que les conviene sacralizar como una forma de sufrimiento al que aspirar para poder considerarse suficientemente mujer. Ser mujer duele, ser mujer racializada es una doble opresión donde el feminismo institucional es cómplice y a menudo verdugo.

No queremos ser visibilizadas en bocas que no son verdaderas protagonistas como drama pornográfico con el que sentirte un poco más feminista. Tampoco queremos sentirnos que nos ceden espacio como si nuestras realidades fueran un anexo distinto de la lucha feminista. No queremos que nuestras realidades sean un apunte a pie de página, queremos que el libro esté impregnado de todas las realidades de todas las mujeres. Queremos ser protagonistas de nuestras luchas. Queremos ser luchadoras, no seguir siendo visibilizadas en el eterno papel de víctimas.

No queremos que una mujer blanca, por tener estudios de otras culturas, se sitúe como núcleo de una lucha que no le pertenece bajo la eterna excusa del academicismo, ejerciendo una actitud clasista como si una mujer hija de inmigrante(s) o inmigrante racializada no tuviera capacidad de saber por sí misma a las opresiones a las que se le somete a diario. Se convierte en “nuestra voz”, arrebatándonos la nuestra propia y convirtiéndonos en el adorno de su cartel feminista, en el token que decora su lucha para sí misma. No queremos ser una cuota de racialidad en espacios feministas, queremos que la racialidad forme parte natural de estos espacios y de todos los espacios.

Siempre se nos dice que todas somos hermanas pero queridas blancas, no sois nuestras hermanas mayores. No queremos ni deseamos vuestro paternalismo, vuestro complejo de salvador blanco. No queremos ser ese artículo de niñas con los pechos planchados que repartís para demostrar vuestro punto, no somos un arma arrojadiza. Queremos que una mujer que sufrió esa horrible experiencia tenga su propio altavoz y no porque vosotras se lo cedáis, está ahí porque debe estarlo con la misma importancia que estáis vosotras.

¿Por qué es importante que aprendamos que esta lucha forma parte del feminismo?

Parece algo que debería caer de cajón, pero cada día es más complicado que no se nos haga esta pregunta a las feministas racializadas. Es importante porque las mujeres racializadas, por su racialidad y su género, viven en un mundo de opresiones que deben formar parte de la lucha feminista ya que el origen es patriarcal. Además, es importante recordar que el patriarcado es colonial y cualquier lucha que experimente la mujer contra este monstruo es tarea del feminismo. Es importante porque si no nos libera a absolutamente todas las mujeres y feminidades no binarias, el feminismo no vale de nada. No sirve de nada creernos en una posición que no tenemos, vuestras victorias no son las nuestras, porque aún no podemos vernos reflejadas en las mismas.

Necesitamos cambiar el prisma al completo, eliminar la idea de lo que debe ser una mujer, porque esa idea se ha construido a partir de premisas opresivas y dañinas que nos expulsan a muchas de esa etiqueta y que nos hacen sentir incómodas en espacios que también deben ser nuestros. De nada sirve que se luche contra la trata de mujeres hablando de trata de blancas cuando esas mujeres, en su mayoría, no son blancas. No nos sirve de nada seguir manteniendo un discurso exclusionista y sesgado que va a apartar a muchísimas mujeres del feminismo por no verse interpeladas a las luchas que en él se debaten y se construyen.

El feminismo debe aceptar a todas las mujeres, pues somos diversas y el feminismo como tal debe serlo.

Patriarcado Colonizador

El capitalismo y el patriarcado siempre ha buscado colonizar el cuerpo de la mujer, convertirnos a todas en una fuerza de trabajo o una fuente explotable. Las mujeres racializadas son un objeto de fetiche, un deseo sin cumplir y, para el hombre blanco, algo exótico que poseer. El capitalismo ha situado esta opresión en la cima de la pirámide del racismo feminizado, a través de sus tentáculos se vende a la mujer racializada desde una dicotomía que siempre hemos vivido en el patriarcado: la puta y la santa. Por un lado tenemos a todas las mujeres que se consideran como maternales, que muchas veces quedan caracterizadas en la ficción como las criadas o las niñeras; pero al otro lado de la misma balanza tenemos a todas las mujeres fetichizadas e hipersexualizadas que se presentan siempre como objeto sexual al servicio del patriarcado capitalista y de los hombres. Todo esto permitido al calor de unas leyes de extranjería abusivas que ponen aún más trabas a las mujeres que migran para poder ser en igualdad de condiciones con quienes se erigen nuestras portavozas desde su privilegio racial y económico.

Dependiendo de donde venga la mujer racializada se la enfoca como una mujer sumisa, tierna y ama de casa o por el contrario como una bestia insumisa a la que domar. La mujer blanca no tiene esa etiqueta por su color de piel, ni su procedencia, la mujer racializada vive oscilando en esas etiquetas. Vivimos peleando siempre por demostrar que somos nosotras mismas y no un conjunto de prejuicios raciales que se nos imponen desde la misma cuna para seguir manteniendo unos privilegios capitalistas en nuestros países de origen (las que migran) y en nuestros cuerpos. Todo esto crea un sistema de opresión que permite que sigan ocurriendo todas aquellas violaciones de derechos humanos que son tan instrumentalizadas desde los discursos negacionistas del machismo y desde aquellas esferas que atacan a otras mujeres para mantener su rédito económico y social. Es el mismo perro racista con diferente collar, lo malo es cuando ese perro se viste de morado y confunde la opresión racista con un “favor” por visibilizar nuestras vivencias.

Conclusiones

La racialización de las mujeres es una parte más del complejo sistema capitalista y patriarcal que no anula en ningún momento el sufrimiento del resto de nuestras compañeras que no sean racializadas. Que las blancas se apropien de nuestro sufrimiento para construir un discurso contra otros grupos vulnerables, no es más que una forma de fetichización, es una forma de instrumentalización de la otredad mientras ignoran a sabiendas que todo de lo que hablan es responsabilidad del colonialismo del que son parte. Porque, por mucho que se esfuercen en negarlo, el colonialismo sigue existiendo a día de hoy y se traduce en el expolio y robo de los bienes y servicios de las zonas empobrecidas por el capitalismo, manteniendo a su vez la desigualdad de esos países para poder seguir enriqueciéndose a su costa. Es un círculo vicioso del que todo el sistema capitalista y patriarcal se beneficia.

No se puede permitir que precisamente se construyan discursos supuestamente feministas desde un prisma tan similar al del cuñado que te dice que el verdadero racismo es el que sufren las mujeres que llevan burka. No puede ser que sigamos permitiendo en nuestros espacios estos discursos que son nocivos para todas y que se basan en ideales exclusionistas y opresivos.

Bibliografía

2 comentarios sobre “Fetichismo: el Racismo Invisible

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