Las Furias: Selena (piloto)

Selena despertó. Un material gomoso que la aprisionaba. No veía nada, no oía nada; solo sentía dolor, desconcierto, ansiedad.

Apenas recordaba como había llegado allí. Tenía sensaciones difusas al respecto: su novia, sus amigas, sus amos, una fosa, una pesadilla ¿informe? que de algún modo la desgarró sin herirla…

¿Una fosa? 

La realidad la sacudió como un rayo, pánico estuvo a punto de apoderarse de ella cuando entendió que había sido enterrada viva y estaba rodeada de los cadáveres de las demás.

Recordó las ejecuciones, como las mataban de un tiro, una a una, entre súplicas de piedad y risas por parte de los verdugos. Todo por pretender ser libres; por ese crimen no merecían compasión. Pero para Selena tenían algo especial quizá por haber instigado a la rebelión, lo único que se le ocurría para describirlo es que la pesadilla había devorado un trozo de ella en vida… Sin tocarla. Después la habrían arrojado a la fosa con las demás dándola por muerta.

Ahora todas estaban muertas por escucharla, pero ella no. No le parecía justo y la intensidad de la culpa la abrumó por un momento. Pero en seguida se dio cuenta: quería seguir viva.

Ni siquiera sentía que hubiera espacio para que se formase una bolsa de aire. Se esforzó por detener sus divagaciones, se repitió a sí misma que quería vivir y esa certeza, la ayudó a concentrarse.

Podía girar su brazo derecho, estaba rodeado por una piel cuyo tacto habría reconocido en cualquier momento y lugar, una piel que había besado cientos de veces.Luchó con todas sus fuerzas por contener las lágrimas, pero no pudo evitar que una se le escapara por la mejilla. Girando el brazo lo pegó a su pecho y gracias a eso pudo apoyarse sobre su antebrazo y flexionar las rodillas. Así, revolviéndose como una serpiente, se apoyó por fin en lo que seguramente era una cabeza inerte.  Contuvo una arcada y se impulsó en la dirección en la que sus sentidos le indicaban que era la ascensión en vertical.

No pudo precisar cuánto tiempo pasó antes de sentir el aire fresco en la punta de sus dedos, si minutos u horas, pero finalmente lo consiguió. La urgencia de escapar la poseyó y con desesperación se asió a la superficie para salir. Selena sacó la cabeza primero y el resto del cuerpo poco después. Comprobó de un vistazo que no había nadie en la cuneta y solo entonces dejó que sus emociones la dominaran: se permitió llorar como quien acaba de escapar de ser enterrada viva.

En algún momento el cuerpo de la mujer que amaba acabó entre sus brazos, pero Selena estaba demasiado ida para recordar cómo o incluso preguntárselo.

Se asustó al oír un grito terrible, como si todos los condenados se lamentaran al abrirse de repente las puertas del infierno.

Tardó en reconocer el sonido de su propia voz.

”No siento lástima por las muertas sino por las medio vivas. Aquellas para las que el que debería ser el momento de su muerte es el de su oscuro renacimiento, aquellas que deben aprender a vivir con sus almas hechas pedazos”-Atribuido a Damohey, la Reina

Me está desgarrando, el Vacío me destroza…

Despierto lentamente, estoy demasiado aturdida. Mi mente recuerda vagamente una noche de, de, de… alcohol, drogas y… varias violaciones con un “cliente” que, creía que por arte de magia me gustaría si estaba lo suficientemente borracha. Nunca dejan de sorprenderme los puteros que pagan para violar a una prostituta desfigurada.

Deberían morirse todos esos escarbamierdas, o autofelarse, o probar el balconing sin piscina. Sí, eso estaría mejor.

Poco a poco consigo levantarme y sentarme en mi mohosa cama. Es entonces cuando me doy cuenta de que tengo un dildo enorme bien encajado en el culo.

El Vacío lo aprovecha y ataca en ese momento justo, impulsa el Hambre para hacerme perder el control. Logra pillarme desprevenida pero me resisto…

Al menos el cerdo ya se ha ido. Si llega a estar aquí seguramente no habría resistido el Hambre; con las inevitables y funestas consecuencias para él. Quizás ha sido consciente del peligro y ha dejado el dinero sin llevarse nada mío.

Cálmate, no dejes que te domine…

Necesito un porro.

Son las dos de la tarde mientras empiezo a desayunar mi marihuana, a la vez que me miro al espejo de cuerpo entero que es la puerta de mi armario. Aparte de humedades y desconchados en el gotelé, observo fijamente mi cuerpo desnudo, enorme, mutilado y plagado de cicatrices. Veo mis grandes tetas y mi pene, por el cual los puteros reclaman mis “servicios” cada vez que les apetece violar morbosamente.

Cuando termino de fumar, el porro ya me está subiendo, así que aprovecho el colocón para repasar el plan de esta noche. Empezaré por los precedentes.

Llevo cinco días detrás de un grupo de amigos que se hacen llamar La Jauria después de violar en grupo a varias chicas. Ellos mismos grabaron las violaciones. Dichas grabaciones se admitieron como prueba de su inocencia solo porque las víctimas no dijeron que no. Supongo que en sus cabezas tendrá todo el sentido creer que la actitud de una chica temblorosa de miedo, completamente pasiva y llorando quiere decir que desea follar y no que solo espera salir de ahí con vida.

No fue difícil localizarlos porque su caso, aparte de mediático, tuvo un apoyo masculino masivo y por eso ellos mismos dieron su cara en público, para disfrutar de sus quince minutos de fama saltándose el secreto de sumario que protegía sus datos personales. Las identidades de sus víctimas fueron públicas desde el primer día por un “error” en el juzgado y los videos se están vendiendo como pornografía.

Se van a reunir, como todos los días, en la parte de atrás de cierta taberna para contar sus proezas mientras beben y hacen repetidas exaltaciones de su hombría por violar a mujeres que no se pueden defender de ellos. Yo estoy obligada a actuar porque, a través del micro que les puse en el callejón, los oigo decir “a ver cuando nos volvemos a follar entre todos a otra guarra” demasiado a menudo. Es un riesgo enorme atacar después de tan solo un mes de vigilancia, pero no me voy a arriesgar a que repitan sus hazañas.

Han sido denunciados por tres violaciones en grupo, pero en privado han admitido al menos otras ocho de las que nadie supo nunca nada. Excepto yo, gracias a las escuchas.

Aunque esté mal decirlo, tengo ganas de hacerles daño. Es curioso como ese deseo inhumano me hace más humana.

El Vacío reclama su alimento.

Tengo que forzarme a pensar en otra cosa o las ansias de violencia me harán perder la cabeza. Control, nunca hay que perder el control. Recuerdo demasiado bien lo que sucede cuando pierdo el control. Me obligo a revisar mi equipo completo.

Mi armadura está hecha a base de protecciones de rugby con varias planchas de fibra de vidrio atornilladas como refuerzo. Unas botas militares y un casco de motociclista rematan el conjunto al que se suman unos mitones. Deja todo mi torso y mi cuello sin protección. En parte para moverme con más agilidad, pero también sé que, deliberadamente, solo me protejo de las heridas incapacitantes mientras permanezco vulnerable a las mortales.

El conjunto está manchado de las salpicaduras del último cerdo que se convirtió en mí víctima. Da igual cuanto laves la sangre que, una vez seca, no se va jamás. Sé que debería importarme mi aspecto, pero me da igual. La única pieza en la que he puesto algo de dedicación artística es la máscara: una copia en titanio del rostro inexpresivo de una mujer mirando de frente.

Llevo siempre un gladius para mi mano derecha. Su forma lo hace ideal para perforar cráneos o sajar extremidades. Con la izquierda manejo una bayoneta de AK47 reconvertida en cuchillo de grandes dimensiones, perfecto para las estocadas. Todo se completa con quince cuchillos arrojadizos y una honda recogidos en una bandolera en mi torso. Y una pistola que oculto muy bien en el muslo, bajo mi armadura. A pesar de mi puntería atroz con las armas de fuego, mejor es tenerla que no.

Aparte, en una riñonera guardo un kit de imprevistos: cuerda de paracaídas, mechero, bridas plásticas, imperdibles, cinta americana, povidona yodada, etc. Todo lo que una chica puede necesitar para enfrentarse al patriarcado.

El Vacío está ansioso.

El latigazo emocional me hace volver a tomar consciencia de cuándo estoy: ya es tarde y casi de noche. Me pongo en camino.

Lo normal sería que mi aspecto llamara la atención incluso en una ciudad tan corrompida como esta. Pero por alguna razón no es así. Desde que me hicieron aquello tengo ciertas habilidades que no soy capaz de explicar. Por ejemplo, paso bastante desapercibida solo con pretenderlo. Aunque desapercibida no sería la palabra adecuada, pues la gente reacciona a mi presencia, por ejemplo, para no chocarse conmigo en la acera. Pero a nivel consciente no reparan en mí a menos que haga algo bastante fuera de lo común. Como si fuera un objeto inanimado. Incluso cuando terminan dándose cuenta de que estoy ahí les sorprende. Solo las voluntades más fuertes son capaces de percibirme con nitidez e incluso recordarme.

Será parte del mismo efecto que hace que salga borrosa en las grabaciones o que mis registros, incluso los impresos en papel, se pierdan con tanta facilidad.

Estoy segura de que de ahí surgen mis ansias de matar: necesito matar para no degenerar en algo más animal. No sé hasta qué punto llegaría esa bestialización pero no deseo comprobarlo. Solo me importan las emociones más básicas y no degenerar… Y las Admoniciones.

El Vacío está calmado pero no tranquilo, sabe que pronto se alimentara.

Finalmente llegó al callejón y me encuentro a los cinco miembros de La Jauría emborrachándose en compañía de otros diez espontáneos. El violador conocido como el Traje acapara la atención de todos mientras relata por enésima vez cómo violaron entre cinco a una niña asustada haciendo gestos asquerosos con las caderas. Cuando termina el obsceno relato, su amigo apodado el Hidalgo  repite el lema del grupo, entre gritos eufóricos: el poder de una bestia reside en su jauria.

Sí, necesitasteis ser cinco bestias en jauria para poder avasallar a una niña de diecinueve años atemorizada e inmóvil que solo quería salir viva del encuentro con vosotros. Ahora vais a conocer a una bestia de verdad, a ver cuánto tarda vuestra jauría de machotes en hacerse pedazos entre sus propios excrementos.

El primero en morir no forma parte de los cinco de La Jauría pero me da igual: lo ataco por la espalda y la punta de mi gladius entra por la parte trasera de su cabeza para salir por su frente y desencajarse de un tirón rompiendo el cráneo con un sonido húmedo.

El Vacío lo saborea complacido.

Quedan catorce cerdos vivos, cinco consumados y otros nueve que deben morir para proteger a sus futuras víctimas. Les cuesta unos cinco segundos reparar en mí tras ver a su amigo caer.  Les dejo que se den cuenta de mi presencia pacientemente mientras paladeo su terror. Caigo en la cuenta de que junto a mi armadura llevo unos pantalones de camuflaje y una camiseta blanca (bueno, ahora con gotitas rojas) sin mangas con un flamante Mickey Mouse en el pecho.

Los dos más alejados de mí tratan de huir, pero en menos de dos segundos ambos tienen sendos cuchillos arrojadizos bien clavados en sus cerebelos. Nadie va a escapar hoy.

El conocido como el Traje entra en shock mientras se orina encima.  No puedo decir que me sorprenda. Seis de los artistas invitados llegan a la lógica conclusión de que atacándome entre todos lograran neutralizarme. No les culpo por su deducción mientras, con un desplazamiento circular, les rajo la garganta a los seis casi al unísono.

El séptimo de los espontáneos logra llegar a mí, me pilla completamente por sorpresa y solo lo aprovecha para arrodillarse mientras llora y me suplica piedad. Mi compasión consiste en tumbarlo en el suelo de una patada y abrirle la cabeza con las punteras de acero de mis botas.

Un momento de paz…

Quedan ya solo los cinco de La Jauría original, menos uno si contamos que el Traje se ha neutralizado el solito.

Rápidamente Cabecita saca una pistola mientras me ordena que no me mueva, me asegura que no está de farol y, aunque le creo plenamente, no le obedezco. Cuando me dispara, la pistola estalla en su mano por la obstrucción con una pequeña carga explosiva casera que le puse en el cañón antes de ayer, cuando me colé en su casa. Escogí el miércoles para hacerlo porque sé que limpia a “su nena” solamente los martes. Me gusta ver como revienta la pistola con la que intimidó a tantas víctimas pero que ni siquiera llego a admitirse como prueba.

El Hidalgo se cree que no lo he visto mientras ha sacado una barra de hierro y por mi costado ha tratado de golpearme en la cabeza. La secuencia de movimientos entera le ha llevado cuatro segundos. Debo añadir que me parece insultante que crea que con un movimiento de cuatro segundos va a lograr golpearme. Me llega de sobra para irme a un bar, tomarme unas birras y volver a  tiempo de esquivarlo.

Vale, quizás exagero un poco, pero solo un poco. Mi gladius secciona su brazo derecho, que queda cómicamente agarrado a la barra de hierro aun separado del cuerpo. Le dejo dos segundos para que tome conciencia de lo que está sucediendo y entonces mi bayoneta entra por su ojo izquierdo hasta la empuñadura.

El Vacío está satisfecho.

Por lo visto, conocer a una bestia de verdad ha sido demasiado para ellos.

Con el Cuerda” no siento la necesidad de recrearme mientras me ofrece todo lo que yo pueda desear gracias al dinero de su familia. Por desgracia para él, no hay nada que pueda proporcionarme y yo desear, así que me limito a perforarle el cráneo sin ceremonias.

Solo quedan dos vivos después de que Cabecita se haya desangrado por el muñón de su mano tras un conveniente desmayo. Los dos que quedan, el Traje y el Contendiente.están inmóviles en el suelo mientras excretan sustancias por sus cuerpos.

Dos más para el Vacío y se acaba.

Sé que hago esto por buenas razones: por justicia, por las víctimas, por la Tribu y por mi Reina. Sé que debería inquietarme que me guste, pero no es así. Mis fosas nasales están saturadas del olor húmedo y cobrizo de la sangre que me cubre. Noto como la Bestia esta eufórica y dejo que ruja a través de mi garganta.

“No solo masacró a esos pobres chicos en el callejón, también vi claramente como sus almas eran fagocitadas a esa forma oscura entre aullidos. Por eso me uní al Culto de la Carne, ahora lo más grave que puede hacerme es matarme”

Cuando me acerco a ellos para rematar la noche, de repente se hace de día. Un vehículo volador proyecta una luz increíblemente intensa sobre mí. La odio. Su intensidad me da náuseas intensas.

Del vehículo baja un fantoche vestido de licra para pijos. Va de negro y con unas orejas sobre su máscara. Creo que lo voy a llamar Zorro Volador a partir de ahora.

Cuando Zorro Volador aterriza en el suelo lo hace de manera muy teatral, con rodilla por delante y todo. Como si no le hubiera provocado un dolor enorme caer en el asfalto desde diez metros de altura en esa posición.

Me pongo a medir mis posibilidades frente a él. Es más alto que yo y más fuerte, además de que viste una mejor armadura. Pero yo tengo una pistola que no ha visto y a él le sobra autoconfianza. Es factible acercarme y, tras unas fintas, pegarle un par de tiros a quemarropa que lo dejen listo de papeles.

Entonces el fantoche interrumpe mis deliberaciones para comerme la cabeza. Me habla de justicia, de que he asesinado a inocentes que nunca habían hecho nada y a otros que fueron declarados como no culpables tras un juicio justo, blablabla, un poco de esto, un poco más de aquello y que si el abuelo fuma.

Me dice que me entiende y que si me uno a él podremos hacer justicia juntos y que los cojones del cura van por el río mientras el cura dice cojones míos. Me cago en su estampa. He visto muchas noticias sobre este superhéroe protector de patriarcas, pero no sospechaba que fuera tan insufriblemente cansino. No lo soporto, voy a matarlo.

Me abalanzo sobre el Zorro Volador intentando descubrir su flanco con una finta del gladius para pegarle un tiro a bocajarro en alguna junta de su armadura, pero pronto me doy cuenta de que desde el principio no tenía ninguna posibilidad frente al pijo burgués. El martillo pilón que es su puño se mueve a una velocidad imposible para hacerme crujir el esternón con un golpe ascendente, dejándome sin resuello y levantándome varios centímetros del suelo. 

Ni siquiera ha intentado esquivar mi machetazo, puesto que mientras la hoja giraba le daba tiempo de sobra para golpearme.

Comprendo en un instante dos cosas que deberían haber sido obvias para mí de no haber estado intoxicada de adrenalina. La primera es que el exceso de confianza era por mi parte, puesto que en realidad no tenía ninguna posibilidad. La segunda es que al lanzarme sobre él he eliminado mis opciones de escapar.

El martillo pilón vuelve a rotar y me asesta un golpe en la sien que incluso a través del casco me hace sentir que mi cabeza está dentro de una campana.

Noto cómo una de sus manos me coge por el muslo y otra del cuello. Me levanta sobre su cabeza el tiempo justo para que pueda contemplar la situación y me arroja al suelo. Es un detalle por su parte no partirme en dos con su rodilla. Supongo que es por tenerla dolorida del aterrizaje anterior.

La maldita bestia me aplasta como a una fruta podrida. Entonces la oscuridad me envuelve y mi último pensamiento es recordar a Xandra.

La luz retira la oscuridad atravesando mis párpados cerrados; la maldita luz me envuelve. Odiosa, irritante y desquiciante luz. Supongo que estoy a un solo paso de que me queme de una manera muy literal pero no es así. Solo me irrita y me desquicia. Tanto que preferiría que me consumiera para terminar ya con todo en vez de que soportarla indefinidamente sea una posibilidad.

Me quedo completamente inmóvil, sin abrir los ojos y ni siquiera cambia el ritmo de mi respiración. Mientras trato uso mis otros sentidos para reconocer en qué situación me encuentro.

Estoy atada en una silla, parece ser que con cinta americana. El foco luce sobre mí con una potencia injustificable, se mire como se mire. Me han quitado la ropa y puesto algún tipo de pijama, seguramente para registrarme bien. También noto que no tengo mi casco ni mi máscara, así que mi cara desfigurada debe estar bien visible. Por lo visto me han lavado a conciencia. No noto ni el olor ni el tacto pegajoso de la sangre sobre mi piel. 

Tras prestar más atención, compruebo que mis manos están pegadas entre sí a mi espalda con una gruesa capa de cinta americana, igual que mis pies y mi cintura con las demás partes. La silla a la que estoy pegada como una mosca en una tira atrapamoscas es de acero forjado y estoy segura de que está atornillada al suelo. Completamente imposible desatarse, saben lo que hacen.

Al menos el asiento es muy cómodo y bien acolchado. No puedo quejarme.

La estancia es húmeda y fría. Oigo una gota de agua que cae con una cadencia rítmica en la lejanía. Seguramente esté en una cueva o una construcción de piedra, tal y como el sonido rebota sin lograr escapar.

El término técnico para expresar mi situación actual es “bien jodida”. Al menos el Vacío está calmado y no tengo que desperdiciar mi valiosa concentración en mantenerlo a raya. Hay que ver el lado menos mierdoso de las cosas.

Percibo dos personas, tan sigilosas que solo mi primario instinto de alerta me indica claramente que están ahí, observándome. El mismo instinto hace que se me encoja el corazón de miedo al reconocer a la maldita bestia que me ha superado en combate como si estuviera pisando una mierda.

Y ese latido de corazón es todo lo que necesitan para darse cuenta de que estoy despierta. Oigo sus pasos acercándose a mí. Ahora tendré que socializar por obligación.

Espera. ¿Por qué me han secuestrado? No tiene ningún sentido.

Oigo al Zorro Volador teorizar sobre la profesión de mi madre. Qué  poco originales que son para insultar, saco información: deduzco que cree que me avergonzaría de mi madre si fuera prostituta como yo. Almaceno el dato para cuando sea útil.

No me pregunta nada. Se limita a arrojar el martillo pilón contra mi mejilla. Aunque no golpea tan fuerte como en el callejón, sigue siendo un impacto considerable. La silla no se mueve ni un milímetro, confirmado que está anclada al suelo.

El segundo golpe me impacta en la nariz y me la rompe justo cuando por fin la tenía despejada.

El tercero, cuarto y quinto van contra mi torso. Noto cómo mis costillas crujen pero no se rompen, está teniendo mucho cuidado de no provocarme daños que puedan matarme.

Oigo la voz de un hombre mucho más joven delante de mí y me permito abrir los ojos. Confirmo que, efectivamente, estamos en una cueva, pero no puedo ver apenas por la maldita luz sobre mis ojos y a un crío con antifaz que deduzco vestido de rojo chillón con una capa azul más chillona aun por dos destellos de color. No sé si tengo que proteger mis ojos más de la luz o del contraste cromático, a este lo llamaré Soldadito Valiente. 

Observo que mi armadura, ropa, armas y todo mi equipo descansan sobre una mesa cercana ordenadas y limpias. Por lo visto sí que había una manera de limpiar la sangre. Se lo tengo que preguntar antes de irme. 

El Zorro me pregunta si tengo algo que decirles y la verdad es que sí. Les digo completamente seria que tengo muchas ganas de orinar y que agradecería un acceso a un lavabo. Estaría bien que me despegaran de la silla. Si me hubieran esposado me dislocaría el pulgar para liberarme pero no tengo esa posibilidad.

Como respuesta, el martillo pilón me golpea en la sien a toda potencia. Se debe creer que lo decía para vacilarle. Visto que no me facilitaran acceso al baño me orino encima.

Oigo su chascarrillo de asco y vuelve a golpearme. Ya había dado por hecho que era fácil de provocar, pero le agradezco mentalmente la confirmación. La sonrisa que surge de mis labios es completamente innecesaria desde cualquier sentido práctico y obedece solo a mis ganas de poner en práctica mis nuevos conocimientos pese a que el martillo pilón vuelva a golpearme varias veces.

Intento protegerme de los golpes antes de que me provoque algún daño irreversible pero no puedo. Vuelve a impactarme en el ojo derecho y cerca está de reventármelo pero por suerte solo destroza capilares, dejándomelo inyectado en sangre. Me llama “maricón de mierda” mientras apunta a que me gusta recibir pero que a mí no me dará el gusto de darme su polla. Solo puedo hacer una cosa contra él, gritarle toda mi ira mientras lo miro fijamente inyectada de odio. Así espero provocar que acabe hastiado.

El martillo pilón cae sobre mí una vez más, y otra, y otra. Pero yo ya no estoy ahí, he huido a una sala que es un prado enorme. Tengo cuatro patas y corro eufórica entre la hierba alta mientras a lo lejos oigo los golpes. En el prado, a lo lejos, oigo un golpe, y otro, y otro. Deben de estar dando una paliza  a otra persona.

No sé cuanto tiempo pasa hasta que dejo de oír los puñetazos y vuelvo a la realidad, donde mi mundo se convierte en un océano de dolor. No debe ser mucho visto que la sangre que cubre parte de mi rostro no esta completamente seca. Me duele toda la cara, la mandíbula parece a punto de desencajarse. La postura en la que estoy atada es tremendamente incómoda y me está provocando rigidez, pero lo peor con diferencia es esa luz que sigue apuntándome.

Estoy sola con el Soldadito Valiente. Por lo visto, el empalmado de su amo ha cumplido mi previsión y su ira le ha hecho desinflarse e irse vete a saber donde dejando a su mascota para que siga interrogándome. Eso está bien. Aunque me supere netamente en combate, por lo visto puedo introducirme en su mente y predecir sus reacciones. Empiezo a tener menos desventaja frente a él.

Soldadito coge una silla y se sienta frente a mí. Con gran alivio, veo como aparta el foco de luz odiosa que apunta a mi cara, de algún lado saca unas toallitas húmedas y me limpia la sangre y los mocos.

Se pone a comerme la cabeza diciendo que estaba mal que yo fuera matando inocentes por la calle. Le diría que esos violadores tienen de inocentes lo que yo de monja, pero no me gusta perder el tiempo. Después me cuenta que el Zorro Volador es buen tío pero que a veces pierde los nervios cuando le provocan y que si no me ha matado aún es porque él se lo ha impedido. Por favor que me pegue pero que no me coma la cabeza.

Sin embargo me da información útil: me dice que su amo ha ido a buscar a un colega torturador para que se me acaben las risas, pero que si colaboro me lo puedo evitar. Realmente no me parece que esté actuando; creo que se cree su rollo de poli bueno, lo cual lo hace enternecedor.

Resuelvo que no me conviene que vuelva su amo con el torturador. Descubrirían sin lugar a dudas que mi entrenamiento incluye poder resistir la tortura y así sabrían con que tipo de mujer se están jugando los cuartos. No me interesa que eso suceda. Cuanto menos sepan mejor.

Soldadito intenta ganarme para la causa un rato más. Incluso me dice que soy guapa a pesar de mi aspecto y mi comportamiento. Después de poco más de media hora desiste y se va a otro lado de la gruta. Desaparece por un recodo a hacer vete a saber que pero no se aleja demasiado cerca.

Hay una cosa sobre las navajas suizas en la que poca gente piensa detenidamente: caben por el ano. Incluso los machotes que dicen que por el culo ni el pelo de una gamba podrían meterse una navaja suiza de la gama pequeña. En casos como el mío me caben navajas suizas de 13 centímetros con facilidad. Las navajas suizas son perfectas para cortar cinta americana como la que me mantiene inmovilizada.

Casi tengo que dislocarme el hombro derecho para poder meter la mano bajo el pijama que me han puesto, pero ese dolor no me importa en absoluto. Si me hubieran puesto un mono, sería mucho más difícil hacer esta maniobra. Una vez tengo en mi mano la navaja manchada del jugo de lo último que comí abro su cuchilla con una mano. Lo hago con sumo cuidado para que el seguro linner lock no haga su clac característico y me delate, pero entre el cuidado y el jugo de mi recto solo yo soy capaz de oírlo.

Pese a lo incomodo de la postura, tardo poco en cortar la cinta que inmoviliza mis manos, menos aún en los pies y la cintura aunque con las prisas me hago un corte muy feo a la altura del ombligo. Con bacterias sépticas, tendré que limpiármelo bien.

Aún puedo oír a Soldadito mientras me acerco a mi equipo, en silencio curo mis heridas con alcohol y povidona yodada, tapo mis cortes con más cinta americana y me pongo mi armadura cuidadosamente.

Ya lo dice el refrán, lleva un rollo de cinta americana y conquistaras el mundo. ¿Verdad?

De repente me doy cuenta de que no oigo al Soldadito.

Logro levantar el gladius justo a tiempo para que el largo bastón de madera no me impacte en la cara, pero no puedo evitar que me desarme. Si salgo de esta le pondré grilletes para encadenarlo a mi muñeca.

Desarmada, magullada y frente a un chico mucho más joven y rápido que yo, mi única ventaja es ser más corpulenta y presumiblemente más fuerte, con la esperanza de que la adrenalina y mi desesperación compensen mis heridas. Me lanzo sobre él: como logre tomar distancia con su bastón estoy jodida.

En el suelo sigue luchando, logra colocarse encima de mí y me golpea repetidamente con los puños mientras yo, para conservar mis limitadas fuerzas, solo me concentro en mantenerme pegada a él con un agarre de piernas mientras encajo sus golpes. Su juventud le permite esas explosiones de potencia, pero pronto va a cometer algún error.

Es hábil, pero no mantiene la cabeza fría ni planea ninguna táctica. Repite la misma secuencia de puñetazos dos veces, de manera que estoy casi segura de que habrá una tercera. Así sucede y su puño que iba a mi cara se encuentra con la punta de mi codo acorazado. Su propia fuerza le destroza la mano rompiéndole varios huesos.

Más útil aún son la sorpresa y su nula familiaridad con el dolor. La combinación de ambas me permite ponerme encima de él sabiendo que no va a usar la mano. Por eso no puede resistirse cuando le cojo la cabeza y se la estrello contra el suelo las veces necesarias para provocarle una conmoción mientras lo inmovilizo con mi peso. Le miro fijamente a los ojos, dejo que contemple mis iris negros como un universo sin estrellas.

El Vacío sisea y paladea su festín.

Voy a meter ambos pulgares en sus cuencas oculares y le voy a abrir la cabeza contra el suelo de piedra como si fuera una sandía.

Pero me detengo. Las Admoniciones me detienen. El Soldadito se pone a llorar sabiendo lo cerca que está de morir. Quizás ha intuido el Vacío que podría haberlo devorado de golpe como a mí me consume poco a poco.

La tercera Admonición dice que nunca debemos ejecutar a un inocente y, en caso de duda, hemos de perdonar la vida. Las víctimas colaterales no son admisibles.

Me levanto aturdida, no debo hacerlo. Sé que sería infinitamente más útil para mí terminar con su vida pero las Admoniciones paran mi mano y no puedo hacerlo. No es como los cerdos del callejón cuyas muertes eran pura poesía. Hasta donde yo sé es solo un crío que quiere hacer del mundo un lugar mejor. Puede que no de la manera correcta ni acercándose a la influencia adecuada, pero eso no elimina la nobleza de su propósito.

Se equivoca en sus métodos y mentor, pero aún está a tiempo de ver su error y hacerlo bien. Yo misma acarreo demasiados errores a mi espalda como para juzgar a los demás. No soy perfecta.

Lo inmovilizo en la misma silla exactamente igual que hicieron conmigo. EL terror puro que siente hace que se mantenga completamente pasivo mientras lo hago.

Me voy antes de que algo me haga cambiar de opinión. Puede que sea decididamente inhumana, pero eso no significa que deba ser un monstruo.

Cuando pierdo el subidón de adrenalina descubro sin ninguna sorpresa que estoy hecha una mierda. Por lo visto no fue buena idea poner a prueba la psicología del Zorro Volador y su habilidad para ponerle límites al martillo pilón. El ansia de escapar me dio el impulso que necesitaba para vencer al Soldadito Valiente, pero también consumió la resistencia que me quedaba. Y me fui sin preguntar cómo habían limpiado la sangre.

Ahora voy a buscar auxilio por la ciudad a plena luz del día. Llevo una armadura casera, camino como un zombi, huelo como si me hubiera orinado encima porque precisamente eso es lo que he hecho, estoy cruzada de hematomas y sangro por heridas que no sabía que tenía. Pero aun así nadie repara en mí.

No puedo ir a un hospital, me costaría mucho hacerme perceptible y, aunque lo consiguiera, lo más probable seria que me olvidaran en una camilla en algún rincón donde moriría lentamente. No. Tengo que llegar a casa de M y de JA. Me conocen y para ellas nunca seré invisible. 

No sé cuanto tiempo pasa, las lagunas en mi memoria se hacen cada vez más frecuentes. Finalmente me dejo caer en la acera muy cerca de la casa a la que me dirijo. Siento todo como si fuera un sueño, noto como sangro en la acera sobre la que estoy tumbada boca abajo. La gente pasa justo al lado de mi figura y me esquiva, pero no sabe que estoy ahí. Nadie ve mi cuerpo inerte. 

Mi último pensamiento antes de que el sopor me arrastre al sueño es que menuda muerte de mierda acabar así.

Cuando despierto no estoy en la realidad consensuada, sino en mi palacio mental, que no puede situarse en ningún lugar del espacio-tiempo pero que al que pertenezco tanto como al mundo material. No tiene masa ni forma definida y aunque esté edificado con sensaciones y metáforas su existencia me es tan imposible de negar como me sucede con el ego y el subconsciente. Sé que este lugar es el más seguro para mí y que podría pasar aquí todo el tiempo que quisiera. Podría dilatar mi percepción de la cuarta dimensión y vivir eones enteros. También podría enfrentarme a la Bestia del Vacío que sé que está esperándome en recodos ignotos de mi palacio, con fauces hambrientas pero que a pesar de su ferocidad y extraordinario poder puede ser vencida por una fuerte voluntad. La cual no estoy segura de tener.

Pero, como siempre, no puedo permitírmelo. Ni siquiera puedo perderme involuntariamente aquí pues sé que el lugar existe exclusivamente por que mi propio pensamiento la ha creado. Además, necesitaré el poder del Vacío para la tarea que me aguarda. Necesito seguir siendo un monstruo si quiero derrotar a los otros monstruos.

Cuando vuelvo a despertar lo hago en una habitación ya conocida, de la casa del matrimonio formado por mi amiga M y mi amigo JA. Estoy en una cama, desnuda excepto por un pañal y bajo bastantes mantas. Por un momento pienso en llamarles pero en lugar de eso disfruto de ese momento de paz que solo las cosas sencillas pueden dar.

Supongo que me vieron en la calle y me arrastraron hasta su casa.

La paz me dura poco, porque en menos de cinco minutos se abre la puerta y entran M y JA con expresión hosca al ver que estoy despierta. Me dan de comer una papilla, me curan las heridas, me dan permiso para quitarme el pañal y finalmente me cuentan lo que ha pasado.

Resulta que he estado cinco días dormida en su casa. Las heridas y hematomas, aunque graves, en principio curaban bien. Hasta que al final del primer día me empezó a subir la fiebre y sufrí un choque séptico provocado por el corte con mi propia navaja, que estuvo cerca de matarme. Sin duda lo habría hecho de no haberme metido en la papilla con la que me alimentaban todos los antibióticos de que disponían. Nunca he sabido por qué me quieren tanto y nunca se lo he preguntado. Por si cambian de parecer.

Moraleja: si vas a esconder navajas en tu recto, ponlas dentro de un condón para evitar infecciones por bacterias sépticas si te haces un corte accidental.

Me quedo seis días más hasta recuperarme completamente. Al término del quinto JA sube a la habitación. Conozco sus avances y los acepto. No hacemos el amor, follamos como bestias rabiosas.

Con JA siempre es distinto, pues acepta mi cuerpo plenamente, sin morbo como hacen los puteros por los que me dejo violar a cambio de dinero y que para más inri debo esforzarme para que se percaten de mi presencia. Tanto mi pene, como las cicatrices y quemaduras que recorren el lado izquierdo de mi torso y de mi rostro- el mira y aprecia el conjunto que soy yo mientras me besa, acaricia mi cuerpo o eyacula en mi interior apasionadamente. Así estamos hasta que me voy dejándolo a él y a M felices de saber que estoy viva.

Y como siempre no sabré si los volveré a ver.

Pero ante todo estoy viva.

Como dos de los cerdos de la Jauria y su abogado. Algo que debe remediarse. 

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