La Mente en Disputa: Abuso Sexual Infantil.

Cuando se habla de abuso sexual infantil (ASI) se tiende a pensar única o principalmente en los casos más atroces e impactantes, como el de niñas violadas con fuerza durante meses o años por parte de adultos. Sin embargo, hay otros muchos casos de ASI que no suelen reconocerse como tales, incluso por las propias víctimas. Los tipos varían en función de distintos aspectos:

  • El modo en que el abusador accede la niña y se relaciona con ella.
  • Si hay agresión física y su intensidad.
  • Las edades de la víctima y el abusador (si es otro menor o un adulto).
  • La duración (puntual o prolongada temporalmente).
  • La práctica abusiva (penetración, tocar y masturbar los genitales, obligar o coaccionar al niño a masturbarle…).
  • Relación entre abusado y abusador (familares, conocidos, desconocidos)
  • El tipo de coacción para que la niña no hable (amenaza explícita, establecer una relación de confianza y de secretismo…).
  • El género de cada persona.

El trauma y las secuelas del ASI no dependen exclusivamente del modo en que se combinen estos factores, sino también de cómo lo viva la niña. Es difícil homogeneizar las reacciones de las víctimas, el modo en que convivieron posteriormente con el abuso, si se es capaz de hablar sobre él (y cuándo), si se vive como con dolor, como un recuerdo más sin vinculación explícita a un malestar emocional, o si no se recuerda.  

Parece razonable establecer una jerarquía de los ASI en función de su “gravedad” o “levedad”. Puede que pensemos, ¿cómo voy a considerar como abuso que aquél señor me restregó solo un día su pene cuando era una niña?, ¿con qué derecho voy a interpretarlo como abuso cuando hay niñas brutalmente violadas por sus padres durante años? Este es el primer obstáculo para identificar ciertas experiencias infantiles propias como abusos sexuales. A mí misma me costó categorizar mi experiencia como abuso y la sigo considerando “leve”, porque me incomoda ponerlo al mismo nivel que otros.

Me sorprendí muchísimo cuando empecé a hablar de mi experiencia con otras supervivientes de ASI, ya que sistemáticamente me insistían en que no considerara mi abuso como leve. Existe una especie de norma no escrita que consiste en no establecer comparativas en cuanto a gravedad/levedad. Tu abuso es reconocido como tal, es validado. Esto facilita muchísimo que te abras, que no minusvalores tu caso, que no lo compares. Lo importante es hablar sobre ello, visibilizar y nunca invalidar.

Cada persona ha vivido una experiencia diferente, una posterior trayectoria vital condicionada (en mayor o menor medida; o de diversas formas) por el abuso. Es el colectivo en el que he encontrado mayor respeto. Reitero lo ya dicho: cuando he hablado con supervivientes de ASI y he calificado a mi abuso de “leve”, me han señalado que mi experiencia es igual de válida, también traumática y me han sugerido no comparar nunca. Aunque hay obvias diferencias. Pero encontrar reconocimiento por parte de supervivientes de ASI que considero más duras me ayudó a reconocer como abuso mi experiencia. Por eso quiero contar lo que yo viví y el modo en que creo que me influyó. También me han ayudado a identificarme como superviviente de ASI, aunque reconozco que sigo comparándolo y me cueata identificarme de pleno derecho. Y es precisamente por esta contradicción por lo que quiero hablar de mi caso. Quizá pueda ayudar a otras personas a resignificar sus vivencias como abusos y pensar el posible trauma que les dejó.

Parece razonable establecer una jerarquía en los ASI en función de su “gravedad” o “levedad”. Puede que pensemos, ¿cómo voy a considerar como abuso que aquél señor que me restregó solo un día su pene cuando era una niña?, ¿con qué derecho voy a interpretarlo como abuso cuando hay niñas brutalmente violadas por sus padres durante años? Este es el primer obstáculo para identificar ciertas experiencias infantiles propias como abusos sexuales.

Sea del tipo que sea, el ASI suele dejar en la víctima secuelas psíquicas, emocionales, relacionales, físicas (incluso aunque no hubiera agresión física). Muchas de las personas locas o con sufrimiento psíquico que he conocido han sido víctimas. Hay quienes no vinculan el abuso al malestar psíquico e incluso no reconocen la experiencia como abuso o no la recuerdan. He visto cómo compañeras han recordado situaciones abusivas a raíz de que otras personas contaran sus experiencias. Otras personas, como ya he indicado y es lo que quiero enfatizar en este texto, no identifican como abuso su propia experiencia aunque la recuerden. Porque no encaja en el estereotipo social del ASI: una menor violada por un adulto con cierto grado de violencia.

Por eso yo voy a contar mi experiencia y analizar cómo considero que me influyó. Algo considerado leve puede dejar un trauma significativo en la persona. Hay que pensar en la situación social completa: ni únicamente en la práctica ni solamente en cómo lo vivió la niña. Sino también en el entorno social.

Mi experiencia de ASI

Lo que me sucedió era un recuerdo flotante. No sufría amnesia, pero no lo viví posteriormente como una vivencia traumática imposible de olvidar ni tenía pesadillas con ello. A lo largo de mi vida no lo he vivido como un hecho doloroso ni como fuente de sufrimiento. Lo cual no significa que no dejara trauma.

Por lo general, el recuerdo nunca estuvo muy presente en mí. Pero sí flotaba en mi memoria. Hace unos cuantos años, el tema del acoso escolar y del abuso infantil fueron muy machacados en la televisión. Y un día, viendo una película (no recuerdo cuál ni si tenía relación con maltratos o abusos), me acordé de lo que me pasó de pequeña. Primero me pregunté: ¿lo que viví fue un abuso? Después me extrañé a mí misma afirmando que sí lo fue. No me generó ninguna emoción negativa ni positiva, simplemente había resignificado políticamente una experiencia de mi vida. No pensé más en ello. He sido abusada pero daba igual, no me había marcado. Eso pensé en ese instante.

Contar lo que pasó es algo muy íntimo pero estoy muy distanciada emocionalmente de ello (no por la “levedad”, sino por el modo en que me influyó).

Desde que nací, todos los años veraneaba con mi familia: abuelos, tíos, primos, padres y hermano. Habitualmente alquilábamos varios apartamentos en la playa y adultas y niñas compartíamos espacios. Un año fue diferente. Nos alojamos en el hotel en el que mi tío trabajaba. Aquél verano dormía en una habitación de hotel con mis dos primos: el primo mayor de todos (yo era la segunda en edad) y su hermana (un año menor que yo). Estábamos, por tanto, más aislados que en los apartamentos de otros años. Yo tenía nueve años (casi recién cumplidos), él trece (su hermana, casi ocho). La relación entre primas siempre fue muy estrecha en la infancia, con ellas especialmente.

Una de las noches se acercó a mi cama. Me tocó la vagina y exploró mi vulva. Lo más complicado para mí es que se llevara los dedos a la nariz para olerlo (esto me avergüenza muchísimo), me colocó su pene en mi mano… No quisiera (ni podría) detallar mucho más. Él creía que yo estaba dormida. Me hice la dormida dejándome tocar, oler y hacerme tocar. No fue el único día, hubo más. ¿Cuántos? No lo sé, ni quiero saberlo. La certeza de que hubo un segundo día se debe a que recuerdo una pequeña gran diferencia entre ambos días. El siguiente día me tumbé boca abajo a propósito. Si cambié mi posición para dormir fue para que él no pudiera tocarme. No sirvió. Me dio la vuelta, me puso boca arriba y volvió a hacer cosas similares a las del primer día. Me hice la dormida también en esta ocasión (y si hubo más días, también me hice la dormida con total seguridad).

Reconocer la experiencia como ASI: ¿pudo influir negativamente en mí?

Se trata de un abuso entre dos familiares, ambos menores de edad (la víctima de nueve, el abusador de trece), sin violencia física y con un poco de penetración con el dedo, pero no con el pene. ¿Parece poca cosa? Un consejo: no minusvaloréis vuestras vivencias de antemano en función de lo que os parezca por la práctica en sí. El imaginario social sobre el abuso y el trauma está muy vinculado a formas violentas, entre menor y adulto, prolongadas en el tiempo, y posteriormente vividas dolorosamente por la víctima. Mi experiencia no encaja ahí y, sin embargo, dejó secuelas.

Aunque recuerde aquello, nunca lo he (re)vivido dolorosamente. Parece un recuerdo más de mi infancia. Estoy muy distanciada emocionalmente de aquello. Paradójicamente, este distanciamiento emocional tiene que ver con el modo en que me traumatizó. Trauma significa herida; esta herida puede no sangrar, puede cicatrizar mal… Es decir, el trauma no necesariamente se corresponde con un recuerdo doloroso.

Es necesario ampliar el repertorio categorial de lo que se entiende como abuso sexual infantil. Formular como un interrogante tus propias experiencias infantiles. Una loca, una persona con sufrimiento psíquico que ha vivido algún tipo de experiencia a la que nunca dio importancia, puede repensar sobre ella. No se trata de forzar las cosas. Es posible que no hayas vivido ningún tipo de ASI; es posible que lo hayas vivido pero no lo recuerdes (“amnesia disociativa”); es posible que hayas vivido algún tipo de abuso y la influencia en tu vida no haya sido significativa en términos de sufrimiento psíquico. Aclaro que no soy psicóloga (para aquellas que únicamente legitiman la opinión de profesionales), y mis reflexiones sobre mi ASI derivan de lecturas autodidactas sobre el asunto, del contacto con otras supervivientes, y del hecho de que yo soy la mejor conocedora de mi propio sufrimiento.

Si lo he analizado por mi cuenta se debe a la absoluta falta de atención sobre ello por parte de diversos terapeutas que he tenido. Una psicóloga negó que fuera un abuso, sino una mera “exploración”. Otros terapeutas sí lo reconocen claramente como abuso pero no le dan importancia debido a mi distanciamiento emocional. Algunos terapeutas no quieren tratarlo porque creen que la persona puede retraumatizarse. Otros, simplemente, no saben abordar un ASI (de ningún tipo) porque no disponen de marco teórico adecuado para la persona.

En cambio, yo consideré que merecía atención. No fuera a ser que tuviera algo que ver con mi forma de sufrir… Así que si los profesionales lo ignoraban, lo analizaría por mi cuenta. Aprendí (o, mejor dicho, consolidé) una idea importante: es igual de importante atender al no sentir como al sentir. Si no sientes algo acerca de cosas que se supone que te deben provocar emociones, es posible que puedas encontrar alguna razón. No obstante: si el no sentir no te provoca limitaciones ni está asociado a alguna forma de sufrimiento, puede que no haya ninguna experiencia traumática. Quiero que quede claro que estoy escribiendo principalmente por y para gente que padezca sufrimiento psíquico (sobre todo intenso y prolongado). Y que pueda ayudarle de algún modo este texto. No vayamos a resignificar cualquier experiencia como traumática forzosamente.  

Me resultó revelador cómo me influyó. Que profesionales invalidaran mi experiencia de los diversos modos que he indicado no es meramente anecdótico. Hay tendencia a invisibilizar los traumas infantiles y no trabajarlos en terapia. Por los posibles riesgos, dicen. Yo diría que a muchas les faltan herramientas para abordarlo. También he escuchado (o leído) que es mejor no remover el pasado y centrarse en el presente. Mira: como no experta ni psicóloga, mi elección ha sido valorar por mí misma la relevancia y el significado del ASI en mi vida, explorar ese pasado, no enterrarlo y no permitir que ninguna profesional invalide mi abuso (ni explícita ni implícitamente). Algunas terapeutas me han aportado perspectivas desde las que (re)pensarme. Esas perspectivas me sirvieron durante un cierto tiempo y hasta cierto punto. Posteriormente me dejaron de servir, incluso algunas me perjudicaban y me he desprendido de ellas.

¿De qué forma mi ASI me dejó trauma?

Llegué a la conclusión de que esa vivencia emocionalmente neutra para mí sí ha sido traumática. De forma significativa y con consecuencias en la actualidad. Que no vivas una experiencia como dolorosa no significa que no te haya influido (negativamente). Lo que ocurre es que es algo más complicado entender qué importancia tiene algo así en tu vida. A día de hoy sé que es un elemento que ha influido en mi sufrimiento psíquico, en algunos aspectos formales. Aunque no es, por supuesto, la única causa. No voy a entrar aquí en otros condicionantes de mi locura. Con todo, considero el ASI como decisivo y clave. Incluso he llegado a pensar que si no hubiera ocurrido, no sería una loca etiquetada con Trastorno Límite de Personalidad (también, según el que me toque, se me ha considerado Trastorno Esquizoide de la Personalidad, Trastorno Esquizotípico de la Personalidad con “rasgos autísticos” y Trastorno de Drogodependencia). A mí me da igual la etiqueta, soy loca, trastornada en general. No necesito la etiqueta actualmente; es más, me limita mucho. Aunque hubo un tiempo en que la necesité. Igual que necesité comprender si mi ASI me dejó trauma.

Yo tenía nueve años y no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo, no podía categorizarlo como sexual ni como abuso. Un aspecto crucial fue hacerme la dormida. No sé si os habréis preguntado: ¿por qué no abriste los ojos y le hiciste saber que estabas despierta?, ¿por qué te hiciste la dormida (incluso el segundo día)? Para mí, esto es más decisivo que lo que mi primo me hizo. Recuerdo perfectamente por qué: no sabía qué hacer ni cómo iba a reaccionar él si yo le decía algo. A esa edad no sabía reaccionar ante algo que no identificaba de ninguna manera, para lo que no disponía de ninguna orientación sobre cómo reaccionar.

Me hice la dormida porque sentía mucha confusión emocional, miedo y vergüenza. En aquél momento podía saber ya que los genitales pertenecen a la intimidad y las personas no hacen lo que estaba haciendo mi primo conmigo. A la vez, era mi primo mayor, una figura relevante y cercana en mi vida, por lo que resultaba difícil pensar que me estuviera haciendo algo malo. No sabía ni cómo sentirme ni cómo actuar. Me bloqueé. Pero la mayor confusión, la que considero que fue la clave del trauma llegó posteriormente. Después del ASI.

Los expertos hablan de este trauma como “trauma de apego”. Sin adherirme a toda su teoría sobre el apego, me sirvió de forma puntual aquí. El trauma principal radica en que yo no podía disponer de mis cuidadores principales (mis padres) después de lo ocurrido. Pero no porque no estuvieran, porque no se ocuparan de mí, porque me maltratan física o psicológicamente, porque fueran distantes o algo por el estilo. No. Yo no podía disponer de ellos porque no sabía si lo que había sucedido estaba bien o mal, si yo tenía la culpa o no, si me iban a regañar, si me dirían que tendría que haber reaccionado y decirle algo. Es decir: no sabía cómo calificar lo ocurrido ni qué se supone que debía sentir.

Por tanto, viví dos momentos de confusión. Primero, durante el propio abuso. Segundo, en torno a la relación con mis padres. La cuestión era: ¿hablar o callar? Recuerdo con perfecta claridad una imagen de mí misma en el baño en casa de mis padres, dudando si contárselo o no a mi padre, a quien tenía enfrente. Decidí callar.

¿Por qué guardé silencio? Es decir, por qué el miedo y la confusión “ganaron” a la confianza que yo, sin duda tenía en mis padres. Hay algo que configura el miedo y te decantas por el silencio. Y creo que esto está relacionado con el sistema sexo-género, y no solo por el tipo de relación con tus cuidadores. Igual que mi primo con trece años sí sabía qué hacía y muy probablemente sabía que no era correcto (lo indica aprovechar que me creía dormida) pero no quería hacerme daño. La cuestión es que lo hizo. Y lo hizo porque podía controlar la situación: era mayor que yo, sabía que no debía hacerlo. Cosificó mi cuerpo, sexualizándolo, posiblemente para explorar el cuerpo de una niña-chica. Ni creo que se preocupara de que pudiera despertar, dado cómo me volteó el segundo día. No voy a profundizar en cómo todo esto tiene que ver con el sistema sexo-género, creo es bastante visible. No desarrollo esta perspectiva porque, aún siendo imprescindible para mí, de adulta, nos desvía un poco de la forma del trauma que dejó en mí, de niña (y hasta la actualidad).

Se empieza a vislumbrar qué tipo de trauma me dejó. Imaginad una niña de nueve años cuya personalidad se está formando y que este proceso se “interrumpe” por un evento que influye en aspectos bastante relevantes a nivel emocional y relacional. La confusión acerca de cómo debe sentirse, sobre si está bien o mal, si tiene ella la culpa. No sé si esto es generalizable, es posible que no. En mi caso, no sabía salir de esa confusión por mí misma, necesitaba una referencia externa, alguien que me dijera: no está bien, no es tu culpa, no pasa nada por no haber reaccionado, no te van a regañar si lo cuentas. Y, sobre todo: orientación acerca de cómo me debía sentir. No importa cómo se supone que me debía sentir (quizá enfadada, avergonzada, rabiosa… da igual), sino el hecho de que necesitaba saber qué debía sentir.

A qué responde esta necesidad (si a la edad, a cuestiones de socialización, de carácter…) no me importa demasiado. No es imprescindible para comprender la clave del trauma. Al no verbalizar la confusión emocional y no poder resolver qué debía sentir, desarrollé una problema emocional que me ha dado bastante guerra. Si lo interpretara en clave de “sintomatología de TLP” hablaría de dificultades para regular emociones. Aunque soy consciente de que el análisis que hago no tiene mucho de social y es algo psicologicista, no quiero caer en una perspectiva basada en síntomas y diagnósticos. No voy a hablar de dificultad de regular emociones, porque eso presupone que hay emociones no adecuadas a la situación, contexto, relación y deben ser reguladas de una manera socialmente aceptada (no haciéndote cortes ni consumiendo drogas, pero sí con otras “herramientas” que quizá te da la psicología o las llamadas terapias alternativas, o como sea, pero de forma adecuada).

Me han dicho que, efectivamente, tengo dificultades para regular mis emociones. Si no has aprendido a identificarlas, difícilmente sabrás regularlas de forma adecuada. Las regularás como puedas. Si deseas ser aceptado socialmente, no te hagas cortes en los brazos, no te drogues… Ya sabes, son formas estigmatizadas. Si deseas ser aceptado socialmente, recurre a terapia, haz yoga o consume psicofármacos.

El caso es que tengo un problemón con las emociones. En mi primer ingreso me dijo un psiquiatra que tenía alexitimia. El tecnicismo es lo de menos: significa que no soy capaz no ya meramente de expresar (algo bastante habitual) sino de identificar algunas de mis emociones. Cuando me lo dijo me pareció disparatado e imposible: si no identificas la emoción, será que esta no existe. Él puso como ejemplo el hecho de que hablara de mi intento grave de suicidio sin ninguna emoción, como si fuera una conducta más de mi vida, como si no tuviera trascendencia. Efectivamente, no siento nada con respecto a aquél intento. Le pregunté qué suele sentir la gente. Y me dijo que depende, pero habitualmente se sentía algo: tristeza, culpa, ira, tal vez alivio de no haberlo conseguido. Pero que yo no sentía nada. No es que no lo expresara, es que en realidad no sentía nada. En ese momento no le di ninguna importancia. Me daba igual sentir o no sentir algo sobre haber intentado suicidarme. Y no creía que hubiera emociones no identificadas. Será que simplemente no siento nada. Me habría dado cuenta de esto mucho antes. No lo veía.

Solo tiempo después comprendí qué significaba y por qué podía ser peligroso. Me preguntaban si no me daba cuenta de que normalmente solo sentía cuando la emoción era muy intensa. Si no, habitualmente no siento nada. Pues me cuadra, ¿dónde está el problema? Es una forma de sentir. Me dijeron que si la emoción no es intensa, también está ahí aunque no la reconozca, pero mi cuerpo me indica que la siento (a través de ansiedad, náuseas, cefaleas tensionales, cansancio…). Me señalaron que objetivamente está la emoción pero subjetivamente no la identifico, ni la estoy viviendo. Y que cuando se produce una acumulación de sobrecarga emocional, me desbordo.

Entendía el razonamiento pero no sabía de qué forma me pasaba eso. No lo reconocía en mí. Me pareció una forma de interpretar algo que relacionaban con otras dificultades que tengo para funcionar adecuadamente en esta sociedad (problemas para relacionarme de forma no intensa, la consecuente tendencia al aislamiento por no poder disfrutar de relaciones sociales no intensas y no ser capaz de mantenerlas; y unas cuantas cosas más). Sí, yo tenía esas dificultades que me dan guerra y deseo cambiar. Pregunté cómo podía tener una vida social regular, consolidada, estable y con lazos menos intensos. La solución era crear un hábito con ese tipo de relaciones, pero esto probablemente no cambiaría mi forma de sentir.

A una psicóloga le pregunté cómo hacer para sentir esas misteriosas emociones. Su respuesta fue que podía inferir de mis conductas que sentía ciertas emociones. Por ejemplo, que si había quedado con mi tío, que tenía cáncer, podía inferir que le quería. Le respondí con todo el respeto del mundo pero llena de rabia si no entendía la barbaridad que había dicho. Que me pasara la vida infiriendo supuestas emociones y no me preocupara por no sentirlas, porque estaban ahí. No volví a ir a esta señora.

Cuando topé con esta psicóloga (en el CAID), ya sí estaba preocupada por el asunto. Y buscaba la forma de arreglarlo. ¿Qué pasó para que entendiera por fin qué me querían decir con no identificar emociones? Un día cualquiera, después de curar a mi gata los puntos de la operación de castración, me intenté suicidar y acabé de nuevo en la UCI. La diferencia es que esta vez lo hice disociada. No tenía ideas suicidas, ni intención de suicidarme, pero lo hice sin ser consciente. Sucedió por un conflicto relacionado con la reincorporación al trabajo; yo pensaba que debía volver, pero parece ser que me generaba un rechazo emocional tan grande que me intenté matar sin darme cuenta de que lo hacía, repentinamente, un día que no me encontraba mal.

¿Y qué tiene que ver eso con el ASI? El trauma que me dejó a mí consistía principalmente en no registrar conscientemente ciertas emociones, habitualmente las asociadas a algo grave (muerte de un ser querido, intentar suicidarme, enfermedad de un familiar). Pero también una tendencia al vacío emocional: no sentir que quiero a alguien, no sentir tristeza (no es intensa, solo siento ansiedad y angustia), no sentir casi nunca alegría (salvo en su dimensión extrema de euforia). Y por esto mismo no sentía nada con respecto al ASI. Mucha gente se sorprende con la naturalidad con que cuento ese tipo de cosas. Me di cuenta de que parecía que me lo estuviera inventando. No parecía creíble que me relmente me había intentado suicidar sin ser consciente de ello porque lo contaba como un hecho neutral más en mi vida. Empecé a entender…

Fue el hito que me permitió reconocer la existencia de emociones no identificadas (¿emociones de Schödinger?). Así como su potencial perjudicial. En esa tentativa casi me muero de nuevo, estuve en coma, era posible que hubiera despertado con daños cerebrales. No creáis que me sentí culpable, ni con miedo, ni triste, ni enfadada por lo que hice. Seguía esa alexitimia, que ahora entendía como una disociación.

Antes de eso, yo creía que todo el mundo era igual y creía que exageraban cuando contaban algo o que escenificaban las emociones solo por hacer un teatrillo. No entendía por qué mi madre lloraba tanto con ciertas cosas, creía que lo forzaba. Me percaté de que habitualmente la gente suele sentir que yo no siento. No sabía qué era sentir ciertas cosas, pero no me preocupaba mucho. Porque sí sentía algunas cosas con mucha intensidad; habitualmente cosas que aparentemente parecen triviales. Y que pueden tener que ver con que una persona concreta anule una cita a última hora o con que me ponga a pintar un mueble y me genere muchísima angustia (por motivos concretos pero que no deberían afectarme tanto).

Pensé qué relación había entre no sentir y otros aspectos de mi vida. Problemas para relacionarme, para tener interés por cosas, tendencia al aburrimiento, el suicidio disociada…

Como ningún terapeuta me ayudaba con mi problemilla, busqué posibles explicaciones por mi cuenta. Sin rebuscar mucho di con la teoría de la disociación estructural de la personalidad asociada al trauma. En aquél momento me urgía dejar de sufrir, ya había empezado mi adicción a la coca (tras previas fases breves de evasión por medio de alcohol, hachís). Entendía la terapia como un modo de resubjetivación neoliberal para adaptarme a la sociedad (cosa que pregunté al psiquiatra y fue muy sincero diciéndome que sí). Bueno, pues si dejar de sufrir implicaba ser domesticada, lo intentaría.

Pero mis terapeutas desconocían la teoría que yo creía que iba a ser la pieza que faltaba para que la terapia tuviera efecto en mí. Hay distintos niveles y formas de disociación y están relacionados con el tipo de trauma que has vivido. Alguien ha propuesto entender todos los llamados trastornos de personalidad como formas distintas de disociación. Si fuera psicóloga, habría investigado esa teoría y su posible utilidad. Me cuadraba muchísimo pensar la locura y las distintas formas de manifestarse como formas de disociación. Puede parecer totalmente psicologicista e individualista. Pero creo que se puede darle un enfoque social (un ejemplo es esta interpretación de El club de la lucha).

Les hablé de teoría y que creía que me podría ayudar por fin. Pero… ¿cómo iban a permitir que una paciente les sugiriera una teoría? Eso peligra las relaciones de poder, porque tú, paciente, eres ayudado; ellos, ayudan. A mí me decía que no leyera psicología. Disimulad un poco la relación de poder, por lo menos, ¿no?

Así acabó mi aventura con el análisis de mi trauma. Había encontrado algo que intuía que podía ayudarme. Estaba sola en eso. Solo me quedé con la parte teórica y entendí mi ASI desde la disociación estructural de la personalidad. Se me antojaba más útil que una etiqueta de TLP y la pesadilla de regulación emocional y demás cuestiones que he aprendido para luego desaprender porque no daban con la clave y cuya finalidad es domesticar la no-normatividad hasta que te aproximes lo máximo posible a la normatividad.

Me auto-convencí de que soy una persona disociada. Pero la mayoría de los psicoterapeutas en España no están formados en esto. O no saben de la existencia de esta teoría o no saben abordarla a  nivel terapéutico. La terapia propuesta, la EMDR es tachada de pseudoterapia. Pero, amigo psicólogo, como paciente, me importa un carajo lo que consideres científico, pues las teorías que manejáis son burguesas (la única corriente no burguesa, marxista, no la conocéis). Y a mí, como paciente que recurro a ti, me interesa lo que me ayuda, me da igual que lo consideres o no científico. Menos etnocentrismo, más reconocer saberes profanos, ejercitar un poco la epistemología para comprobar si tu teoría es ideológica y si ayuda a la gente a su principal función: a reparar el sufrimiento que dificulta que la gente trabaje, y si quieres ayudar en otras cosas (violencia de género, traumas, sufrimientos variados…), hazlo. Pero piensa en mí más que en tu marco teórico, lo digo con todo el respeto. Por no cambiarlo, nunca supe si me habrían ayudado a superar la supuesta disociación y a empezar a sentir y no pensar que pudiera volver a hacer algo tan extraño como intentar matarme sin darme cuenta.

Únicamente me han insistido en mi incapacidad para identificar mis emociones, o bien me han señalado mi escisión entre mi razón y mi emoción. Pero no han llegado a “tocar hueso”. Porque no trabajan el trauma. Yo llegué a incorporar esa teoría y casi acabo yendo por lo privado a terapia específica para ello. Fui a una sesión. Como yo iba ya con toda mi vida analizada de arriba abajo, me dijo que nos iba a llevar más tiempo de lo habitual solo el contarle lo que me sucedía. Parecía que comprendía mejor el problema. Pero no quise dejarme dinero en terapia privada porque tenía derecho a la pública. Además, seguía enganchada a la coca, una adicción que me ha permitido sentir cosas positivas o dejar de sentir dolor (aunque no quiero volver jamás a aquél infierno). Había pasado por demasiadas terapeutas que no me sabían ayudar y ni siquiera entenderme. No me podía ayudar nadie. Quizá yo misma podría hacerlo.

¿Qué significa que mi personalidad está estructuralmente disociada? Simplificando mucho y sin tener en cuenta que hay una diversidad de dissociación, significa que el sufrimiento tiene que ver con la parte disociada, que vive aún en el pasado traumático. La persona se disocia cuando algún estímulo activa esa parte traumática de tu personalidad. Puede ser. Aquí unas citas para aquellas a las que les puedan ser útiles:  

la disociación implica una determinada organización de los sistemas psicofísicos que constituyen la personalidad. En nuestra opinión, dicha organización no es arbitraria ni casual, sino que en la traumatización probablemente sigue unas “líneas de fractura” [“fault lines”, en el sentido de grietas, hendiduras, escisiones] evolutivas metafóricas bastante definidas dentro de la estructura de la personalidad. Sobre la base de esta concepción de la personalidad, nos hemos decidido a utilizar la expresión disociación estructural de la personalidad. (…) Las divisiones disociativas no sólo acontecen entre las acciones mentales, tales como la experiencia de distintas sensaciones o afectos, sino que tienen lugar principalmente entre las dos grandes categorías de sistemas psicobiológicos que configuran la personalidad (…). Una de las categorías incluye los sistemas asociados principalmente a la aproximación a estímulos atractivos a la vida cotidiana, tales como la comida y la compañía. La otra categoría de sistemas incluye la evitación o la huida de estímulos aversivos, por ejemplo, diferentes tipos de amenazas. El objetivo de estos sistemas es ayudarnos a distinguir entre las experiencias útiles y las dañinas, y generar las mejores respuestas adaptativas a las circunstancias actuales.

(…)

La falta de coherencia y de integración de la personalidad se manifiesta de la forma más evidente en la alternancia y la coexistencia de la vivencia reiterada de los acontecimientos traumáticos y la evitación de los recuerdos de la experiencia traumática con la atención centrada en desenvolverse en la vida cotidiana. (…) Esta división constituye la forma elemental de la división estructural de la personalidad. La disociación estructural relacionada con las experiencias traumáticas supone, pues, una deficiencia en la cohesión y la flexibilidad de la estructura de la personalidad (Resch, 2004). Esta deficiencia no significa que la personalidad esté completamente escindida en diferentes “sistemas de ideas y de funciones”, sino más bien que existe una falta de cohesión y de coordinación entre estos sistemas que comprenden la personalidad de la vida traumatizada.

O. Van Der Hart, E. R. S. Nijenhuis y K. Steele, El Yo Atormentado. La disociación estructural y el tratamiento de la traumatización crónica.

Posicionarme frente al trauma

Para tratar de entender cómo funciono a cierto nivel, me resulta útil la teoría de la disociación estructural de la personalidad. Sin embargo, todo lo que he aprendido sobre cómo funciono o qué aspectos cambiar para recuperarme no me han servido. A otras personas sí. Yo empecé a mejorar cuando empecé a escribir un blog y aún más cuando lo que escribía era más politizado que narrativo. Estuve convencida que, en cuanto me recuperara de la adicción, me salvaría el participar en colectivos locos y que era la única salida. Politizar mi sufrimiento y colectivizar nuestros saberes profanos, también los saberes expertos, que podemos leer y comprender psicología, economía, sociología, historia, filosofía sin pasar por la Universidad. Por motivos que no vienen al caso, no pude entrar en ningún colectivo.

Mientras, yo he seguido sufriendo. He descansado de autoanalizarme porque hay que saber los límites y que los cambios quizá, para algunas personas, proceden de prácticas de resistencia, de intentos de lucha contra la sociedad capitalista. De momento me limito a leer, y escribir muy de vez en cuando. Desde que dejé la obsesión por analizarme e identificar qué limitaciones tenía, he ido superando algunas de ellas sin terapia, sin pastillas. Quizá no me he movido mucho de casa, pero mi perspectiva se va enfocando cada vez más en entender mejor las estructuras de opresión. Ahora mismo me urge entender la opresión específica que me ha tocado vivir de forma masdura, el cuerdismo (y el capacitismo).

Os preguntaréis qué tiene que ver todo esto con el trauma y el abuso. Si entiendes que la comprensión de las opresiones conllevan un cambio de perspectiva también sobre ti misma que puede ser útil para superar el sufrimiento o convivir mejor con ello, entomces tiene mucho que ver.

He indicado de qué creo que está hecho mi trauma, cuál es el principal problema y el que hace que tenga conductas e ideas desviadas de la normatividad cuerda. Me he autoanalizado hasta la saciedad (aunque aquí solo se refleje una parte). A pesar de que los profesionales no trabajaran sobre mi trauma, yo lo consideré como una experiencia crucial para recuperarme. Mi ASI se puede considerar leve, pero el sufrimiento que he vivido no es precisamente leve (intentos de suicidio desde los catorce años, problemas relacionales, depresiones, ansiedad, disociación, adicciones, etc.). A nivel terapéutico me he rendido porque parece que no soy fácil de tratar u opongo resistencia a la terapia en cuanto veo por sus llimitaciones que a mí no me sirven. Me alegra que a otras personas sí les ayude a reducir el sufrimiento.

¿Y qué creo que puede ayudarme a sobrellevar mi sufrimiento? Mi primer paso fue reconocerme como loca y politizarlo. Después, hablé sobre mi abuso, conocí a activistas supervivientes de ASI, quienes me trataron como una hermana. Su validación denmi experiencia en aquél momento fue casi más importante que decidir si me servía o no la disociación. Escribí sobre mi ASI en mi blog y le envié el enlace a mi primo. Hoy, a sus 39 años, es un modelo de sujeto perfecto para el capitalismo: por su trabajo, sus valores, sus ocios, su despolitización, su familia, su apariencia de persona “perfecta”. Esa que tiene un pedazo de curro donde gana una pasta, tiene esposa, hija, perro, gato, tiempo para sus amigos, para viajes, etc. Una persona que sabiendo que su prima está loca y que he ingresado cuatro veces en cuatro años, no se ha molestado en preguntarme qué tal estoy. Quizá por no saber tratar con una loca, es posible; hay mucha gente que piensa que tu locura es un tabú porque para ellas es un tabú. Por eso hay que romper el tabú y expuse públicamente lo que me hizo y cómo creo que influyó en mi locura. También para que otras personas hablen o reconozcan abusos sufridos no identificados. Contar tu abuso es complicado: si te genera mucho dolor, es difícil hablar; si crees que fue poca cosa, consideras que no sirve hablar. Gracias a que otros dieron el paso, yo hablé de lo mío. Su reconocimiento y compartir experiencias de abusos me ayudó a considerarme también superviviente de ASI. Muchísimas locas han vivido abusos en la infancia, de tipo sexual o de otros tipos. Esto debe indicar que el abuso influye bastante en la locura. En cada cual se manifiesta la disociación de una forma, y creo que la etiqueta es menos importante. De hecho, si es posible mejorar apoyándonos mutuamente, las etiquetas deberíamos dejarlas, de momento, a un lado y centrarnos en las experiencias que hemos vivido, tanto de niñas como de adultas. Experiencias que, si estamos dispuestas a dar este paso, podemos conectar con estructuras de opresión específicas (machismo, racismo, capacitismo, cuerdismo, LGTBIAfobia) todas atravesadas por las lógicas del capitalismo.

Puedes elegir hacer terapia, tomar pastillas, no hacer nada y esperar que todo pase. He pasado por todas esas posibilidades y no me sirven. He optado por hacer lo posible para aportar. En concreto, a la visibilización y teorización sobre el cuerdismo; si me resulta posible, apoyar a compañeras locas. Estoy bastante mejor hoy día, pero el sufrimiento me acompañará quizá de por vida. Es el sistema sexo-género el que facilita que haya tantos abusos. Y es por loca por lo que he vivido otras violencias. Elige lo que te ayude a sobrevivir, agárrate a lo que puedas, si puedes. A veces no puedes hacer otra cosa, no puedes permitirte luchar más que contra tu dolor. Yo hoy puedo, de forma limitada pero válida, intentar luchar contra lo que nos ha destrozado la vida a tantas. Si has sufrido abuso sexual infantil, te ha servido este texto, os animamos a compartir tu experiencia en los comentarios o en otros espacios seguros (con profesionales o no, es tu decisión, pero asegúrate de que no va a invalidar el abuso). Quizá sirva, quizá no. ¿Por qué no probar?

7 comentarios sobre “La Mente en Disputa: Abuso Sexual Infantil.

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  1. Aquí otra TLP al aparato (entre otras cosas). Tengo una sensación borrosa e inexacta e inefable que me persigue sobre haber vivido abusos cuando era pequeña. No se hasta que punto es cierto o no. La cosa llega a darme tal inquietud que ni siquiera me he atrevido a comentarlo nunca con nadie, ni con ninguna de las psicólogas que me han visto
    Qué podría hacer? Necesito saber con exactitud qué pasó pero está borroso y solo quedan sensaciones vagas

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  2. Hola. Que yo recuerde no sufrí ASI, pero sí maltrato de padre y madre. Aún hoy, con 40 años que tengo, lo sigo recibiendo. Me es imposible la relación con mis padres.
    Cada vez que me relacionaba con ellos revivía ciertos sucesos.
    He tenido épocas de auto negación y de sentirme culpable y también he recurrido y recurro a la evasión con drogas. Los pensamientos de suicidio están presentes desde hace muchos años, aunque no he pasado la línea.

    Un post muy claro, y leerlo me ha ayudado sobretodo a no infravalorar “mis” traumas respecto a otros.
    Gracias y felicidades por otro post buenísimo.

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  3. Muchas gracias por compartir así tu vida. Yo sufrí abusos sexuales y tengo una enfermedad mental grave. Siempre he pensado que de alguna forma mi cabeza acabo reventado de tanto sufrimiento y empecé con los brotes psicóticos. Lo que has escrito me ha ayudado. Gracias de corazón.Un abrazo

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    1. Gracias a ti y me alegra mucho que te haya ayudado. Lo único que no puedo evitar decirte es que no creo que seamos enfermas mentales, solo personas que sufrimos pero que la sociedad lo que hace es patologizar nuestro sufrimiento y eso implica negar las raíces sociales (traumas, condiciones de vida…) que creo que son las que más influyen en lo que nos sucede. Nos dicen que somos enfermas mentales y eso es decir que nuestro sufrimiento tiene que ver principalmente con cuestiones individuales (genética, personalidad, carácter). Yo me niego a esto.

      Espero que no te haya molestado que te
      diga esto. Por supuesto, tú puedes considerarte enferma mental. Pero no puedo evitar expresar mi visión (aquí muy breve).

      Siento mucho que hayas sufrido también abusos y todo lo que conlleva… Espero que mejoremos

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