El modelo del “estrés de minorías” y la salud trans.

Desde hace varias décadas, en las ciencias sociales se trabaja con un modelo que plantea los problemas que causan los prejuicios a las personas que pertenecemos a comunidades excluidas de la norma hegemónica: el “estrés de minorías” (“minority stress”, originalmente). Este modelo (a veces presentado como teoría) es una forma más amplia y sofisticada de dar cuenta de aquello que solemos llamar “homofobia/transfobia/capacitismo/entre otras “interiorizado”. A pesar de que es un concepto que engloba más realidades, cada una de ellas daría para su propio análisis, es por ello que en este caso nos vamos a centrar en el estrés de la minoría LGTBI.

Este modelo (a veces presentado como teoría) es una forma más amplia y sofisticada de dar cuenta de aquello que solemos llamar “homofobia/transfobia/capacitismo/entre otras “interiorizado”.

La LGTBIfobia interiorizada y el modelo del estrés de la minoría

Cuando hablamos de “LGTBIfobia interiorizada” nos referimos a las distintas formas en las que una persona expresa LGTBIfobia con el objetivo de hacerse daño fundamentalmente a sí misma. Con ello, utiliza este odio que aprende exclusivamente del medio social que la rodea, siendo las normas que le dan forma a esos prejuicios el origen de ese sufrimiento.

De la misma forma, la primera vez que se usó el concepto de “estrés de minoría” fue en 1981, en un estudio de Virginia R. Brooks con población lesbiana, en el que la autora lo definió como:

“Un estado que interviene entre los precedentes de los estresores ─un estatus inferior sancionado culturalmente y adscrito de forma categórica─, los prejuicios y la discriminación resultantes, el impacto de estos factores en la estructura cognitiva del individuo y los consiguientes reajustes o problemas de adaptación”.

Virginia R. Brooks (1981), citado en Mongelli (2019). Traducción libre.

Así, el énfasis pasa de estar en los “problemas individuales” a situarse en el medio social que promueve de distintas formas las exclusiones que se viven y en las que la persona, como parte de una comunidad excluida, construye la percepción que tiene de sí misma. Este modelo ha cambiado poco desde 1981, siendo la mayoría de observaciones cuestiones de detalle. En todo caso, permite tener un marco teórico para organizar todos los datos que se recogen desde las ciencias sociales sobre problemas de “salud mental” en personas LGTBI. Ilan Meyer (2003) propone distinguir el modelo del estrés de minoría, entre factores distales y proximales, mostrando tres clases de procesos:

  • Las condiciones y acontecimientos estresores externos y objetivos (estructurales).
  • Las expectativas producidas por estas condiciones y la vigilancia añadida en ellas.
  • La interiorización de actitudes sociales negativas.

Como ejemplo: una persona trans expresará ansiedad en la medida en que existan condiciones estructurales que la sitúen como “anormal”, como excluida de aquellas experiencias que son pensables desde las normas sociales del género y la sexualidad. Condiciones que van desde la estigmatización en consulta médica hasta el acoso en redes, pasando por las miradas que se pueden recibir en la calle. Estas condiciones producen expectativas directas, por las cuales muchas personas evitarán ciertos espacios, o simplemente se negarán a salir del armario con muchas personas. Al interiorizar estas condiciones y expectativas, la persona sufrirá formas de “transfobia interiorizada”, como la idea de que su cuerpo simplemente “está mal”, que “no es lo suficientemente trans”, o problemas de adaptación derivados de esta ansiedad, expresados de diversos modos posibles (Hendricks y Testa, 2012).

Aunque cada persona, según su situación y según las conductas aprendidas en respuesta a su entorno, expresará su transfobia interiorizada de una forma diferente; sigue funcionando de fondo el esquema basado en (i) condiciones estructurales e institucionales, (ii) expectativas construidas en base a ellas e (iii) interiorización de condiciones y expectativas. Como señala Bränström (2017),

“Desde una perspetiva interseccional, el estatus de minoría sexual es sólo uno de tantos factores que influyen en la salud mental de las personas. … Es necesario comprender mejor las consecuencias de características co-existentes asociadas a una mala salud mental”, como la raza o la clase social.

Bränström (2017)

El estrés de minoría en las personas trans

Aunque nos resulte evidente que las condiciones sociales en las que crecemos y vivimos crean una parte fundamental de nuestros problemas, estudiar científicamente cómo la pertenencia a una comunidad concreta marca esta clase de vivencias ayuda a ampliar nuestra perspectiva.

En la comunidad transfemenina existe una fuerte relación entre abusos psicológicos y físicos y marcadores asociados a la depresión, aunque parece ser mayor entre mujeres más jóvenes (Nuttbrock et al., 2014). Pueden haber varias causas distintas que expliquen esto, y algunas de ellas no están muy claras. Una vida más sencilla, producto de ganar cispassing, es una causa probable; otra sería la naturalización de la discriminación, debido a lo habitual que resulta.

“El apoyo social y la conexión a la comunidad trans y de género no normativo puede impactar de forma positiva en el bienestar psicológico, promover la resiliencia, catalizar el uso de estrategias de afrontamiento [coping strategies] y predecir síntomas menores de depresión y ansiedad”.

Pflum et al. (2015), Citado en Mongelli (2019), traducción libre.

Otro problema asociado a la comunidad trans son las ideaciones e intentos de suicidio: las personas trans, como grupo, tenemos siete veces mayor riesgo que la población general de intentar suicidio (Bayley et al., 2014). Dos estudios (Guzmán Parra et al., 2015; Peterson et al., 2017) muestran una relación entre transmasculinidad (en contraste con la transfeminidad) e ideaciones suicidas. Hay que tomar esta asociación de forma prudente, pero en todo caso es claro que las dificultades fundamentales proceden de las condiciones estructurales: el acoso y toda clase de agresiones recibidas, la falta de trabajo o de vivienda en buenas condiciones por discriminación, la ausencia de apoyo familiar y de amistades o el gatekeeping en lo que hace a apoyo psicológico o tratamientos médicos (Nobili et al., 2018; Costa y Colizzi, 2016).

Estos datos hay que ponerlos en contexto, por supuesto: si hubiera un reconocimiento de las realidades trans más allá de la cisnorma, el androcentrismo y la misoginia estructurales, es decir, si no existieran estos problemas derivados de nuestro sistema sexo-género, el acoso y la discriminación, la violencia médica y psiquiátrica, simplemente no tendrían sentido de ser. Y si no existiera un modo de producción capitalista que ha domesticado nuestra relacionalidad social, quizá podríamos pensar en el trabajo más allá de la necesidad de subsistencia, parte de una sociedad de clases insostenible. A pesar de proporcionar una base teórica para pensar en la salud en sentido social, el modelo del estrés de minoría es insuficiente en la medida en que enfatiza (algunas de) las variables más concretas, ignorando perspectivas más amplias.

Conclusiones

La razón fundamental por la que el modelo del estrés de la minoría resulta importante es que nos permite organizar los datos científicos en torno a nuestros problemas como grupo, y por tanto nos da un argumento social en favor de ciertos cambios. Sin embargo, el problema clave es el planteamiento pretendidamente aséptico de la discusión científica. Es evidente que el acoso es malo y tiene consecuencias dolorosas, por muy complejas que sean y por muy científicamente que las podamos pensar. Es claro que el apoyo de las asociaciones es importante para que las personas trans podamos desarrollarnos adecuadamente, de modo que funcionemos de manera cómoda en nuestro entorno en sentido emocional y cognitivo (Trujillo et al., 2017). Pero lo que brilla por su ausencia, casi necesariamente, es la motivación política que debería plantearse en torno a estos datos.

«… la salud depende no sólo de una buena atención clínica, sino también de un ambiente social y político que proporcione y asegure tolerancia social, igualdad de derechos y ciudadanía plena. La salud se promueve a través de políticas públicas y reformas legales que impulsen el respeto y la igualdad de derechos hacia la diversidad sexual y de género, y que eliminen los prejuicios, la discriminación y el estigma».

WPATH (2012), Normas de atención v. 7.

Referencias bibliográficas

Un comentario sobre “El modelo del “estrés de minorías” y la salud trans.

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  1. Hay que transformar esta sociedad que genera tanto estrés. Debemos construir movimientos más fuertes y para ello tenemos que dejar atrás esa época de individualismo exacerbado de la que venimos. Las personas que no respondemos a lo que el heteropatriarcado esperaría de nosotras tenemos que estar más organizadas, al menos tanto como la gente conservadora, que se reúne un rato todos los fines de semana en sus templos. En torno a una religión atea/agnóstica, no dogmática, feminista, antirracista, ecologista y aliada de los movimientos LGTBIQ, lo conseguiríamos, y seguramente se formarían muchas comunidades. En infiinito5.home.blog escribo sobre ella.

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