Presencia y participación Bisexual en espacios LGTBI+

¿Por qué tenemos la sensación de que escasea la presencia bisexual en espacios LGBTI+? ¿Acaso no estamos? ¿Acaso sí pero preferimos no participar u omitir nuestra orientación sexual cuando lo hacemos? La sensación de que escasea la presencia bisexual en espacios LGBTI+ (porque no nos atreveríamos a afirmar que realmente lo hace) es relativamente común y tiene que ver con una cuestión de visibilidad, con el por qué parece que no se nos percibe. Porque, que parezca que no estamos, no tiene por qué ser necesariamente que no estemos. Teniendo en cuenta además que hay varios factores que contribuyen a una invisibilización sistemática de las identidades bisexuales que operan en los espacios LGBTI+ tal y como lo hacen en todos los espacios.

¿Es real la sensación de que faltan personas #bisexuales en los espacios #LGTBI+?

Monosexismo y Monogamia en espacios LGTBI+

En primer lugar, a raíz del monosexismo y el sistema monógamo, se nos presupone (y podemos llegar a presuponernos a nosotras mismas también) no a partir de quiénes somos sino a partir de con quién o con quiénes estamos; a partir de los vínculos romántico-sexuales que establezcamos. Por tanto, nuestra visibilidad bisexual no depende sólo de lo que digamos sobre nosotras mismas, sino también de las uniones romántico-sexuales con las que se nos vaya viendo a lo largo del tiempo. Podremos repetir a todo el mundo que somos bisexuales todas las veces que queramos que si el entorno nos sigue definiendo en función a con quiénes estamos, no habremos acabado nunca de salir del armario bisexual. Cuando tenemos una “pareja oficial” concretamente, por cómo está construida en el sistema monógamo, el “soy” pasa a ser “somos” y consecuentemente a su vez, el “soy bisexual” pasa a ser “somos lesbianas o heterosexuales” según nuestro género y el de nuestra pareja. Se construye una identidad común en la que cabrá la posibilidad de que se nos lea como bisexuales sólo si esa estructura envuelve a más de dos personas de géneros diversos; si hay un marco que “deja clara nuestra bisexualidad”. Si no es este el caso sin embargo, y esa pareja es por ejemplo de dos mujeres, seremos leídas y nombradas como lesbianas al margen de que quienes compongamos esa unión seamos lesbianas, bisexuales o asexuales. Y si somos dos personas leídas como de “géneros opuestos”, a su vez, se nos nombrará como a una pareja heterosexual compuesta por personas heterosexuales; seamos en verdad heterosexuales, bisexuales o asexuales. Nuestra bisexualidad, asexualidad y las identidades no binarias quedaremos invisibilizadas.

Por tanto, todo esto pone en cuestión ya esa frecuente premisa inicial de que “no estamos” que se suele presentar cuando se pone sobre la mesa la ausencia de personas bisexuales en espacios LGBTI+, y es que posiblemente estemos ahí pero simplemente nadie nos esté percibiendo. Solo se me hace posible esa afirmación de ausencia total de personas bisexuales en el caso de que en algún momento se haya dicho explícitamente quién es quién y casualmente no haya habido nadie que se haya definido como bisexual. Por lo demás, pensar que no hay personas bisexuales en espacios LGBTI+ o que escasean, no responde a ningún análisis de esos espacios sino a cómo se miran esos espacios. Que no se nos haga caso, no quiere decir que no estemos ahí.

Por otro lado, puede parecer que no estamos también a partir de haber observado una ausencia de discursos bisexuales en los espacios de diálogo o debate, y aquí puede que realmente participemos menos o que lo hagamos omitiendo consciente o inconscientemente la etiqueta de bisexual. Que esto ocurra puede ser una consecuencia muy directa de una construcción bifoba de la bisexualidad que se nos ha proyectado reiteradamente y que se sigue reproduciendo directa o indirectamente.

No somos 50% hetero y 50% homosexuales

Se nos ha proyectado la bisexualidad como una orientación compuesta por una suma entre homosexualidad y heterosexualidad, y no como una orientación tan completa y válida por sí misma como lo son todas las orientaciones. La bisexualidad como suma de un lado heterosexual y otro homosexual; a ratos en un lado y a ratos en otro; un tanto por ciento hetero y otro tanto por ciento lesbiana. Estas percepciones de la bisexualidad bifobas presentan una consecuencia directa (entre otras muchísimas de las que podríamos estar escribiendo largo y tendido), a la hora de “estar” concretamente en espacios LGBTI+, que se agrava cuando la cuestión no es solo estar sino también participar, y más aún cuando se visibiliza la etiqueta “bisexual” durante esa participación. Si las personas bisexuales sentimos que no tenemos una orientación completa por sí misma, sino una que se compone de la suma de otras siendo una de ellas la heterosexualidad, esa heterosexualidad que supuestamente tenemos no tendrá cabida en los espacios LGBTI+ y nos invisibilizará. La “H” de heterosexualidad no es LGBTI+ a no ser que venga de personas trans o intersexuales, cuya participación en los espacios sigue sin tener nada que ver con su heterosexualidad. Entonces, la construcción (errónea) de la bisexualidad como parte heterosexual y parte lésbica, y no como una orientación completa de por sí, nos sitúa a las personas bisexuales con un pie dentro y otro fuera de los espacios LGBTI+.

Si tenemos cabida por un lado pero no la tenemos por otro, si nuestra pertenencia al espacio está sujeta a quién sea nuestra pareja, o si sentimos que somos parte del colectivo pero que estamos “a medio camino”, pues preferiremos no participar en esas asambleas. Sabemos que los espacios LGBTI+ también nos pertenecen porque somos la B y que todas estas lógicas nacen de la bifobia, pero a pesar de tener consciencia al respecto no acabamos de sentir estos lugares nuestros porque llevamos toda la vida escuchando a gente negar la bisexualidad independientemente de su identidad u orientación sexual, a partir de estas formas de comprender la bisexualidad. De ver caras de decepción en espacios heterosexuales cuando las personas bisexuales están con personas leídas como del mismo género, pero de ver también caras de “traición” por parte de personas LGBTI+ cuando una mujer bisexual esta con un hombre (o persona no binaria a la que lean como hombre).

La Bifobia en estos espacios.

Esta construcción de la bisexualidad que se nos proyecta, configura tanto la forma en la que nos pensamos como en la que se nos piensa; nos afecta a todas. Y es que es realmente costoso encontrar experiencias bisexuales en películas, series o libros, en la que los personajes bisexuales no hayan convivido (y con toda la calma además) con esta construcción bifoba de su orientación sexual. Por tanto, cuando las bisexuales cogemos el micrófono en un espacio LGBTI+ lo hacemos con toda esa configuración en mente y sabiendo que quien nos escucha tiene todo eso también. Esto por mucho que nos lo trabajemos desde nuestro “ser” bisexual, nunca podremos desprendernos del todo de esa construcción bifoba de nuestra sexualidad porque no depende sólo de nosotras mismas. Podremos disociarnos activamente todo lo que queramos para poder coger el micro sin miedo, que lo que supone esa construcción bifoba seguirá estando y operando ahí.

Conclusiones

Exponerse a una posible bifobia no es plato de buen gusto para nadie ni se le debe pedir a nadie, aunque sepamos que en muchísimos casos no se ejerce de forma consciente, voluntaria o desde la mala intención. Una cosa no quita la otra. Tanto si somos bisexuales como si no, la mayoría no somos responsables de esa construcción de la bisexualidad que se ha proyectado, pero sí que lo somos de lo que decidamos hacer con ella; de querer y ser capaces de responsabilizarnos de lo que nos ha tocado. Parar de reproducir las lógicas que la perpetúan, revisarnos nuestros comportamientos y pensamientos o ver qué margen de maniobra tenemos en según qué espacios para mejorar la estancia de las personas bisexuales, son responsabilidades que en mayor o menor medida podemos asumir.

La deconstrucción de la bifobia debe ser colectiva además de individual porque las que somos bisexuales siempre podremos lidiar con nuestros muros internos hasta que ya no nos quede ninguno que derribar, pero los muros que el entorno nos construya seguirán estando ahí, limitándonos, si la responsabilidad no es común. Y siempre podremos seguir uniéndonos para saltarlos juntas, pero no perdamos la vista de que el objetivo no debería ser empoderarnos para saltar muros, sino empoderarnos para derriblarlos y que así todas podamos coger el micro.

Artículo escrito por María Aspuru (TW: @LaHipogrifa)

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