La historia de Hiromi: Racismo y Maltrato (Parte 1)

Hiromi nació en los ochenta en el hospital materno infantil de su ciudad, justamente a las seis de la mañana de finales de octubre. Una ciudad portuaria de España, fruto de la relación de un marinero japonés y una mujer española. Su madre no la quería tener, pero como el aborto en aquella época para la madre de Hiromi era un imposible, decidió llevar a término el embarazo.

Sin padre en su partida de nacimiento, se crió en un pequeño apartamento al cuidado de su madre y su “madrina”, una mujer anciana jaquecosa que decidió darle pequeñas dosis en el biberón de un jarabe para hacerla dormir. Su madre lo sabía, pero no hizo nada porque le convenía. Cuando Hiromi contaba con un año y pocos meses, su madre comenzó a salir con un hombre que conoció en un bar que frecuentaba.

Hombres que hacen de padre.

El problema para la madre de Hiromi en las relaciones con los hombres era la presencia de su hija, pero por alguna razón a ese hombre le encantó la idea de que la mujer que en esos momentos era su novia tuviera una pequeña. La madrina que daba pequeñas dosis en el biberón a Hiromi para dormirla, desapareció de la vida de la nueva pareja por orden del hombre que estaba preocupado por la salud de la pequeña.

Con el tiempo empezaron a vivir juntos y Hiromi creció tomando al hombre como figura paterna, llamándolo papá. Empezó a desarrollarse como cualquier niña normal, pero para el mundo no era una niña normal. Tenía los rasgos asiáticos orientales de su progenitor y suponía una pega contínua a la hora de relacionarse con niños de su edad. Para los demás era la niña rara, para los padres de esos niños era la niña inmigrante de la clase.

Esos años fueron cruciales para Hiromi quién empezó a tener dificultades a la hora de relacionarse porque cada intento de socialización era frenado por una burla, por un comentario soez.

Las cosas en su casa no iban bien.

Su madre estaba teniendo problemas emocionales y como tantos adultos decidió verter sus frustraciones sobre los niños que tenían más cerca, en este caso su hija. Hiromi creció con la idea de no ser una niña querida por su madre y el hombre que llamaba padre, no era su padre biológico, su madre se lo dijo desde que tuvo edad de razonar. Pero ese hombre era el único que la hacía sentir un poco cómoda en su propia piel.

Lamentablemente aquello no duró demasiado, pues el padre viendo como se desarrollaba la situación decidió apartar a la niña del hogar y la metió en hogares particulares, donde por medio del dinero y permisos firmados, se ocuparían de alimentarla, educarla y escolarizarla correctamente y solo iría a casa de sus padres los fines de semanas.

Era como un extraño internado.

En la casa de acogida no era la única menor, la señora que cuidaba de ella había sido madre de dos hijos, y sus hijos ya le habían dado varios nietos. Hiromi competía con esos niños por la atención de la mujer, con el tiempo consiguió lo que se proponía. Ahí empezó la violencia física.

La niña tenía el pelo muy largo por orden de su madre y solo se le podía cortar las puntas cómo máximo, la niña no soportaba todos aquellos cuidados de secador a cada baño y tirones de pelo, sin paciencia en un día cualquiera de la rutina de secado, la mujer empujó el secador contra la cara de la niña, dejándola un círculo en la mejilla.

A la madre le dijeron que fue un accidente.

El siguiente acto de violencia se produjo cuando la hija de la mujer, fastidiada por la presencia de la niña invasora que le robaba la atención de sus hijas con su abuela, le dio una patada en las costillas derribándole como una hoja de papel. Por alguna razón Hiromi lo escondió a sus padres, pero cuando su madre la bañó y le vio los moretones no dijo nada, hizo como si no existieran.

En invierno, Hiromi tenía sueños recurrentes de correr al baño y hacer pipí. Eran sueños, la realidad es que cuando se despertaba se daba cuenta de que se había orinado. Una noche la arrastró a la bañera y en un castigo cruel y desproporcionado mientras le lavaba las partes púdicas, le introdujo los dedos a la niña en la vagina, haciéndola llorar de dolor. Fue una advertencia. No quería que se volviera a orinar en la cama.

Hiromi le lloró a su madre ese fin de semana, pues le dolía sus genitales y no podía hacer pipí sin que aquello le escociera. Su madre la consoló, pero la volvió a llevar con la señora y también se repitió el orinarse en la cama y su desmesurado castigo. Sin embargo, la niña al ver que su llanto no conseguía que no la volviesen a llevar a aquel lugar, decidió no volver a hablar de ello.

Y el silencio la acompañó

Su padre, inconsciente de aquella situación, decidió sacarla de la casa de la mujer por otras razones; creía que su pareja estaba bien y podrían criar a la niña sin ayuda. Además, el dinero escaseaba y la mujer cada vez pedía más dinero para gastos.

No fue el primer hogar que visitó y tampoco fue el primer hogar donde sufrió algún tipo de abuso, pero jamás tan desproporcionado como el abuso de aquella primera mujer. A los nueve años a Hiromi le bajó la menstruación por primera vez; su madre habló con su tutora pidiéndole que los días que llevase un permiso escrito la salvaran de la clase de gimnasia. Fue la primera vez que Hiromi conoció la palabra puta. La madre de una compañera suya, en un murmullo cercano a ella comentó:

“Por eso prostituyen a las chinas siendo tan niñas, se hacen mujeres muy pronto.”

La madre, cuando Hiromi se lo comentó intentando entender el comentario, habló de putas sin eufemismos y le explicó qué eran. Hiromi se sintió bastante sucia. La tutora le había advertido que Hiromi se estaba retrasando con el nivel de aprendizaje del resto de los alumnos, pues no leía bien, apenas se la entendía cuando se intentaban comunicar con ella. Su madre decidió apuntarla en un colegio religioso con la esperanza de que la severidad conocida de aquellos centros consiguiera enderezar a la niña.

No solo no lo consiguió, además los niños en ese colegio según crecían comenzaron a aumentar su crueldad en su contra. La llamaban adoptada, se reían de su aspecto y también la llamaban china de forma peyorativa. Pero Hiromi se afanó dentro de sus propios medios por encajar, era como perseguir un imposible. En aquellos años se sucedió un cambio en el sistema educacional y justo cuando terminaba sexto, empezó por primera vez en España la nueva Educación Secundaria Obligatoria.

El padre, dándose cuenta finalmente de que su hija lo pasaba mal, aunque no comprendía las razones, decidió llevarla a un psicólogo infantil. El psicólogo infantil sentenció que el tartamudeo era un síntoma: quería llamar la atención, quería mimos. Hiromi interiorizó que el problema que sufría se lo provocaba ella e hizo todo lo posible para abandonar su tartamudeo. Solo hablaba cuando había pensado concienzudamente las palabras.

No lo consiguió. Su tartamudeo era una herramienta más de abuso por parte de sus compañeros, pues al verla incapaz de defenderse, las burlas eran muy sencillas.

Así fue la niñez de Hiromi, una niña que solo deseaba ser querida y a cambio sufrió racismo y maltratos. Lamentableblemente, la historia no termina aquí, la historia de esta niña sigue y nos ha pedido que la contemos. Es necesario que sepáis lo que es para una niña racializada oriental crecer en España, porque muchas veces se minimiza la situación de esta parte de la población, sobretodo tras esta pandemia.

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