Salud mental en la pandemia

Este domingo se ha conmemorado el Orgullo Loco y las compañeras de varias organizaciones de Salud Mental nos quisieron recordar, con la campaña #saludmentalparatodas, la importancia del acceso a una buena salud mental y cómo las condiciones sociales, físicas y económicas ejercen un peso importante en el desarrollo de padecimientos mentales. Y no puede ser más acertado, pues lo que hemos estado viviendo estos últimos meses no dejan de confirmarnos que los trastornos mentales (y, a menudo con ello, la discapacidad) no tienen únicamente causas biológicas, psicológicas o genéticas, sino también factores sociales y económicos que pueden llegar a ser un riesgo atroz para aquellas cuyas emociones ya se tambalean por otras cuestiones.

A menos dinero, menos salud.

Los ERTEs y la imposibilidad de los autónomos de poder abrir sus negocios, la imposibilidad de ciertas personas a continuar con sus trabajos, el hecho de la no regularización de muchas compas (con la consiguiente imposibilidad de pedir ayudas), etc. derivan en problemas para pagar facturas, que se ha traducido en múltiples peticiones de suspensión de pagos o de regulación de dichos pagos a lo mínimo debido a la disminución de ingresos en una situación que ha paralizado a todo el país. Pero ante la impasibilidad del gobierno respecto a estas cuestiones (por intereses económicos) se crean situaciones de estrés y ansiedad. La dificultad de acceso a una ayuda profesional adecuada durante el estado de alarma supone el florecimiento de problemas de salud mental en personas que, en principio, estaban “sanas”.

Uno de los ejemplos más claros de estas situaciones son los estudiantes universitarios, que aseguran estar recibiendo una cantidad de tareas aún mayor que cuando las clases podían ser presenciales, haciendo insostenible la posibilidad de un rendimiento adecuado o de poder tener las horas de estudio necesarias, por no hablar de la mal gestión de las clases online por parte de los propios profesores. Si bien es cierto que esta situación es nueva y la propia educación no está preparada para ser a distancia, y que por lo tanto, faltan herramientas que serían necesarias, algunos ni siquiera han puesto el suficiente interés: en algunas ocasiones se ha hablado sobre cómo ciertos profesores envían documentos en .pdf encontrados en Internet sin mayor explicación.

También podríamos hablar de los abusos en los exámenes: cómo una profesora de Arquitectura de la US proponía que en los exámenes se diera poco tiempo para que los alumnos no pudieran pensar ni copiar (cosa que se apreció en un examen de Ecología de 3º de Biología de la misma universidad) o cómo la UNED planea realizar fotografías a los alumnos durante los exámenes de manera aleatoria. Todo esto ha desencadenado un enorme estrés en los alumnos, quienes han llegado a asegurar que la Universidad les provoca más ansiedad que la pandemia, dado que la presión y las expectativas han aumentado sobre ellos en un momento en el que lo adecuado debería ser que disminuyeran. Eso teniendo en cuenta que precisamente la presión por aprobar viene del miedo a tener que pagar una segunda matrícula, ya que los estudiantes obreros no pueden permitirse, en su mayoría, estudiar si no es con una beca de matrícula.

La mujer es más vulnerable en el confinamiento

Algo que no tenemos en cuenta normalmente como sociedad es cómo una economía pobre afecta en mayor grado a las mujeres. Si pensamos en la violencia de género dentro de la pareja, estaríamos hablando de imposibilidad de huir de tu agresor por la falta de recursos, algo que también cae normalmente en la vergüenza de estar sufriendo maltrato. Es decir, muchas veces estas mujeres deciden no buscar ayuda ni denunciar, lo que perpetúa su propio sufrimiento. Esto se debe a la perspectiva que la sociedad tiene de ellas como seres débiles y dependientes, lo cual es uno de los motivos de que ellas mismas no se atrevan a alzar la voz. Probablemente si la vergüenza cayera sobre los agresores y no en las víctimas, ellas se atreverían a denunciarlo y a pedir la ayuda que necesitan, sea económica o no. De hecho, las ayudas económicas que reciben estas mujeres después pueden protegerlas de caer una vez más en tal situación de vulnerabilidad que atenta no sólo contra su integridad física, sino también contra la psicológica. La baja autoestima y los sentimientos de culpabilidad es lo más leve que puede quedar después del maltrato, por lo que también es necesaria una ayuda profesional de la salud mental, que si ya es difícil en estado de normalidad, durante el confinamiento se ha vuelto prácticamente imposible. La ayuda telefónica del 016 resulta insuficiente cuando te ves obligada a convivir con tu agresor, y de este modo, no nos tendría por qué sorprender vídeos como el que se hizo viral en las primeras semanas de confinamiento en el que una mujer intentaba huir de su casa por el balcón, ya que responde a una situación insostenible de violencia y vulnerabilidad. Lo peor es que no podemos calcular a día de hoy las consecuencias psicológicas que esta situación generará en cientos de miles de mujeres que ya estaban siendo maltratadas.

Estado policial

Una de las cosas que más hemos podido ver ha sido policías multando a aquellos que se saltaban el confinamiento. Sin embargo, uno de los problemas es cómo a veces no respetaban la necesidad de las personas neurodivergentes de salir de sus casas (recogido precisamente como excepción en las normas del estado de alarma), o hacían detenciones selectivas motivadas por el racismo, lo cual sólo se ha podido saber gracias a algunos testimonios porque no se ha querido hacer eco de este asunto. Por este motivo y por el miedo a ser juzgados, muchos de ellos no han querido salir de sus casas, lo que empeoraba significativamente la estabilidad de su salud mental.

Sin atención y con más dolor.

Otro de los grupos que se han visto indefensos ante esta pandemia, son las enfermas crónicas que necesitan ciertas citas o terapias presenciales que no se han realizado debido a la situación del estado de alarma. Muchísimas personas con dolor crónico se han quedado sin terapias que alivian dichos dolores (como por ejemplo la fisioterapia) porque se han cancelado todas las citas sin decir absolutamente nada sobre cuándo se reanudarán, creando a la vez una lista de espera aún más larga de la que ya había inicialmente. El dolor constante es una de las cuestiones que más daño hacen a nuestra salud mental, ya que te carcome por dentro hasta destruirte en muchos sentidos. Este es el motivo por el que muchas enfermas crónicas necesitan de atención multidisciplinar con Salud Mental, porque su situación las hace vulnerables a los padecimientos mentales. Pero es que en esta situación de alarma, al miedo por la pandemia, la crisis económica, el dolor y demás, se suma el hecho de que muchas se han quedado sin sus terapias, y en consecuencia esto no sólo ha afectado y afectará a su salud física, si no también a su salud mental.

De la misma manera ocurre con el resto de discapacidades físicas que necesitan de un control médico, nuestras citas se han cancelado sin tener ni idea de cuándo se reanudarán, y mientras nosotras convivimos con el miedo a que esta pandemia (e incluso el virus si nos infectamos) pueda empeorar nuestras condiciones de discapacidad. Y por supuesto las compañeras que ya convivían con padecimientos mentales y han visto sus citas con psicología o psiquiatría canceladas, también han tenido secuelas en la salud tanto física como mental.

Conclusión

El estado de alarma no sólo ha demostrado la ineficacia del sistema capitalista, sino cómo cuestiones que parecen pequeñas desde la lejanía provocan la aparición de padecimientos mentales en personas que se suponían “sanas” y que hacen empeorar a quienes ya se suponían discapacitadas. La estabilidad económica y un buen ambiente social pueden resultar claves en una salud mental en condiciones, erradicar los sistemas de opresión que generan desigualdades y el acceso a una buena sanidad que vele por resolver estos problemas y ofrecer herramientas a quienes las necesiten.

Bibliografía

Ozamiz-Etxebarria, Naiara et al., (2020), Niveles de estrés, ansiedad y depresión en la primera fase del brote del COVID-19 en una muestra recogida en el norte de España. Cadernos de Saúde Pública [online]. v. 36, n. 4.

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