Feministas, gestionando la contradicción

El feminismo no es bonito ni agradable. La deconstrucción feminista te obliga a tomar conciencia de las relaciones de poder que te atraviesan a ti y a tus seres queridos (o no tan queridos) que te rodean y con quienes, de una forma u otra, debes interactuar. No es fácil aceptar que ese hombre a quien tanto cariño tienes es un misógino que reproduce y fomenta el sistema patriarcal que asesina a tantas mujeres cada año, ni tampoco lo es saber que ese familiar que tanto quieres colabora con ese mismo sistema defendiendo la división artificial entre lo público y lo privado. La parte más difícil seguramente son las propias actitudes y pensamientos opresores que has tenido (y los que sigues teniendo) con los que has hecho daño a otras mujeres por simple alienación. Con esa mochila tan pesada nos enfrentamos a un mundo que nos odia y nos quiere sometidas sin preparación en una situación de desventaja absoluta.

No es de extrañar que muy a menudo seamos las propias feministas las que menos soportamos el feminismo y su lucha hasta el punto de necesitar descansar de él.

El consuelo inmediato (que no la solución al problema) se encuentra en nuestras compañeras de lucha y en los espacios seguros que su compañía nos proporciona. Saberse en minoría pero en compañía de tus homólogas te da potenciales relaciones de afecto y empatía, aparte de acelerar exponencialmente tu proceso de aprendizaje. Por lo cual, los beneficios emocionales de la sororidad son, con toda probabilidad, nuestro mayor sostén para seguir luchando por un mundo menos malo para las mujeres que vendrán después de nosotras y tomaran el relevo para así luchar por aquellas que las sucederán. Porque no nos engañemos, luchar por los derechos de las mujeres es ante todo una decisión moral y un ejercicio de coherencia como feministas.

También en los espacios seguros descubrimos compañeras atravesadas por tantas contradicciones como nosotras y cómo lidian con ellas.

Archivo: Postfeminista en un post-patriarcado.jpg
Imagen de un logotipo en ingles que dice: Seré una post-feminista en un post-patriarcado.

Porque… ¿qué pasa cuando te acuestas con señoros misóginos aun sabiendo que literalmente estás follando con el enemigo? ¿Y aquel comentario machista y aplaudido ante el que decides callar porque necesitas un poco de paz? ¿Y cuándo te maquillas, practicas BDSM o te pones sujetador a pesar de saber las raíces de dichas practicas? ¿Qué sucede cuando eres discapacitada y debes apoyar el derecho de otra mujer a abortar porque ella no quiera o no pueda hacerse cargo de una descendencia discapacitada? ¿Qué pasa cuando eres una mujer trans que cede a intentar parecer cis para que la disforia te sea menos insoportable? ¿Y si eres racializada y te aclaras la piel solo para tener la posibilidad de acceder a recursos económicos menos indignos? ¿Qué pasa cuando eres sáfica pero solo te atraen las mujeres estereotipadamente femeninas o no te atraen las trans por el hecho de serlo? ¿Y el remordimiento que sientes por no poder acceder a bienes de comercio justo aun sabiendo que por ello colaboras con el sistema que explota a tantas mujeres? ¿Cómo vivir con el conocimiento de que por tu posición social eres menos desfavorecida que otras mujeres? ¿Y si a pesar de ser abolicionista debes vender tu consentimiento sexual por pura necesidad?

En resumen, ¿cómo podemos ser 100% coherentes con nuestro ideario feminista veinticuatro horas al día, siete días a la semana y trescientos sesenta y cinco días al año?

No podemos.

Vivimos en un ambiente tóxico en el que nos hemos criado y en el que debemos coexistir. Esa toxicidad permea en nosotras, la absorbemos e interiorizamos en un profundo nivel subconsciente hasta el punto de que nunca nos vamos a poder librar de ella. Aunque no sea nuestra culpa, sí que es nuestra responsabilidad decidir cómo actuaremos basándonos en ese conocimiento. Debemos admitir que está ahí sin caer en una entonación del mea culpa, que no deja de ser moralismo católico, y al mismo tiempo cuidarnos en no perpetuarla. Esta es la dicotomía a la que nos enfrentamos cada día como feministas: aceptar nuestras dinámicas patriarcales interiorizadas y al mismo tiempo luchar para que dejen de influir en las generaciones futuras.

Lo personal es político. Esta es una de las máximas más acertadas del feminismo radical que sirve de base para el análisis de las relaciones de poder que nos atraviesan y nos transforman durante toda nuestra vida. Esto no quiere decir en absoluto que debamos transformar nuestra vida íntima o renunciar a adaptarnos en cierta medida para poder disfrutar de un mínimo de calidad de vida, solo significa que tomemos conciencia de ello y lo analicemos. El proceso de deconstruirnos al 100% en un ambiente tan tóxico como es el patriarcado es sencillamente antihumano y, de ser posible (que no lo es), destruiría nuestro bienestar impidiéndonos llevar una lucha feminista efectiva.

Esta es una de las grandes trampas del patriarcado para las feministas: la exigencia de una coherencia que no les debemos, que ellos no tienen y que solo creen que tienen derecho a exigirnos porque ellos son los que tienen el poder social. No debemos caer en ese juego, pues, en primer lugar, les validamos dicha posición de poder y, en segundo lugar, solo conseguimos agotarnos entre “debates” que no hacen más que convencerles más todavía de sus posturas misóginas. Agotar nuestra energía y tiempo es precisamente lo que ellos buscan. No persigamos sus zanahorias. Atendamos a nuestros objetivos y planeemos como alcanzarlos.

Y jamás olvidemos que el patriarcado no se guía mediante unos principios coherentes ni por ninguna lógica mecánica. Los únicos principios del patriarcado son su propio poder, la permanencia de este y el maniqueísmo de con él o contra él. Por eso no debemos entrar en su juego ni pretender que las raíces del patriarcado se basan en algo que no sea eso y no en una biología, ni socialización, sistema económico, etc pues son más bien las herramientas que usa para perpetuarse y fortalecerse. En resumen, no le atribuyamos otra lógica esencial al patriarcado que no sea la maquiavélica.

Otra de esas trampas son el feminismo liberal y el institucionalizado que son tan atractivos para el grueso del patriarcado. El primero porque les justifica acceso a pornografía, al cuerpo de las mujeres o a la trata reproductiva entre otros, todo en nombre del mito de la libre elección. Y el segundo, porque crea enemigos imaginarios en otras mujeres (casi siempre trans, bisexuales o en situación de prostitución) para desviar la atención de los problemas reales que el patriarcado nos ocasiona, dándoles carta blanca para ser misóginos en nombre del feminismo.

No olvidemos jamás que el feminismo sin conciencia de clase es solo una herramienta más del patriarcado.

La contradicción inadmisible es la falta de inclusividad.

Archivo: Angela Davis pic.jpg
Fotografía de Ángela Davis, pionera y símbolo del feminismo interseccional

Lo que no es admisible es la falta de inclusividad. La inclusividad no es una opción para un feminismo que aspire a luchar por y para todas las mujeres, sino un requisito. Para una inclusividad real, todas debemos tomar conciencia de que somos sujeto opresor en una relación de poder que perjudica y mata a otras mujeres. Las blancas, las occidentales, las cisgénero, las capacitadas, las heterosexuales, las urbanas, las alosexuales, las privilegiadas, las normativas. No hay ni una sola de nosotras que no tenga la obligación moral de dejar el ego a un lado para dejar de ser un obstáculo en las luchas parciales que afectan a nuestras hermanas.

Como feministas es nuestro derecho, nuestra obligación y nuestra responsabilidad.

Cada vez que ignoramos o nos negamos a reconocer las relaciones de poder que nos favorecen frente a otras mujeres estamos literalmente apoyando un sistema de opresión que las asesina y destruye su calidad de vida a diario. Cuando hacemos la vista gorda a una compañera que ejerce opresión y odio sobre otras mujeres también estamos colaborando para que nuestras hermanas sufran y mueran. ¿Qué hace falta para que dejemos de ser cómplices silenciosas? ¿Hasta cuándo nuestra visión va a estar tan sesgada?

¿Hasta cuando vamos a dejar que abejas reina desde sus poltronas nos despojen de capacidad critica para mantener ellas su poder enfrentándonos entre nosotras?

En la era de las redes sociales, conocer las distintas idiosincrasias que afectan a otras mujeres es más fácil que nunca. Hay literalmente miles de mujeres en cientos de idiomas queriendo contar sus experiencias y esforzándose en ser comprendidas como pertenecientes a X colectivo del que nosotras desconocemos por completo. Sencillamente no podemos permitirnos ser tan egocéntricas y negarnos a dejar de ejercer poder sobre otras mujeres siendo un reflejo perverso del señoro herido en su orgullo porque las mujeres no queramos seguir siendo violadas y asesinadas por un sistema que nos odia a todas.

Sé honesta y critica contigo misma. Hazlo lo mejor que puedas a pesar de ti. Escoge el camino difícil.

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