El sistema Sexo/Género

Artículo colaborativo, Autoras:

Durante las últimas décadas, la teoría feminista ha avanzado a pasos agigantados, dando lugar a nuevas investigaciones que han arrojado luz sobre los orígenes de la opresión de las mujeres y cómo se nutren patriarcado y capitalismo de la misma. Sin embargo, aún se confunden términos y se ignoran cuestiones importantes que debemos aclarar para poder construir un análisis coherente.

Uno de estos términos confusos, tanto que se usa independientemente y como sinónimos casi por cualquier persona, es el sistema Sexo/Género .

El sistema sexo-género hace referencia a las formas de relación establecidas entre mujeres y hombres en el seno de una sociedad. Analiza las relaciones producidas bajo un sistema de poder que define condiciones sociales distintas para mujeres y hombres en razón de los papeles y funciones que les han sido asignadas socialmente y por su posición económica. La sociedad patriarcal se rige por este sistema que sostiene una relación desigual de poder entre mujeres y hombres y se ancla en la división sexual del trabajo, la familia nuclear y la heterosexualidad obligatoria.

El #SistemaSexoGenero hace referencia a las formas de relación establecidas entre mujeres y hombres en el seno de una sociedad.

Aproximación histórica y filosófica

El concepto “Sistema Sexo-Género” no siempre ha existido. Al principio se hablaba de sexo únicamente, refiriéndose al dimorfismo sexual que posteriormente se ha demostrado que no existe en la especie humana tal y como se concebía inicialmente. Por un lado, debido a los avances en el campo de la biología que abordamos en este artículo, y por otro debido a las investigaciones feministas que ponen de manifiesto la opresión como cuestión psicosocial y cultural.

Originalmente el género fue definido en contraposición a sexo en el marco de una posición binaria (sexo y género), aludiendo la segunda a los aspectos psico-socioculturales asignados a varones y mujeres por su medio social y restringiendo el sexo a las características anatomofisiológicas que pretendían diferenciar biológicamente a las identidades de hombre y mujer, a partir de teorías esencialistas y reduccionistas que dejan en el tintero a muchas realidades corporales. Aunque hasta los años 60, e incluso a día de hoy en muchos ámbitos, ambos términos son utilizados como sinónimos. El primero que menciona la palabra género es el investigador John Money, quien crea el concepto de “rol de género” para definir aquellas conductas atribuidas a las mujeres y a los hombres, en 1955. Años después, en 1968 Robert Stoller, en su obra Sex and Gender, reclama un término que recoja la distinción entre “sexo biológico” y “sexo psicológico”.

Las aportaciones de Money y Stoller serían recogidas en una de las principales obras de referencia para el feminismo radical, Política Sexual de Kate Millet, mientras que en el campo de la Sociología A. Oakley en Sex, Gender and Society (1972) atribuyó al sexo las diferencias fisiológicas entre hombres y mujeres y al género las pautas de comportamiento culturalmente establecidas.

Finalmente, el concepto de “sistema sexo-género” que pretendemos abordar fue acuñado en 1975 por Gayle Rubin, que lo describía como una superestructura emanada de la división sexual del trabajo, la familia heterosexual monógama y, en definitiva, el modo de producción nacido a partir de la propiedad privada.

“El sistema de relaciones sociales que transforma la sexualidad biológica en productos de actividad humana y en el que se encuentran las resultantes necesidades sexuales históricamente específicas.”

Gayle Rubin, «The traffic in women: notes on the political economy of sex »

También Monique Wittig se referiría tanto al sexo como al género como construcciones sociales para oprimir y explotar reproductivamente a la mujer mediante la institución de la heterosexualidad:

“La categoría de sexo es el producto de la sociedad heterosexual, en la cual los hombres se apropian de la reproducción y la producción de las mujeres, así como de sus personas físicas por medio de un contrato que se llama contrato de matrimonio.”

Monique Wititig; «La Categoría del Sexo »

El género

Género y división sexual del trabajo

Desde el feminismo nos enfrentamos a las teorías biologicistas que pretenden atribuir al patriarcado un origen natural, un destino biológico. Esta perspectiva que ya Simone de Beauvoir se esforzó en desmontar en “El Segundo Sexo” se centra en la capacidad reproductiva de las mujeres (lo cual es un innegable factor desencadenante del origen de nuestra opresión) pero sin contextualizarla históricamente en las relaciones de producción emanadas de la propiedad privada y la división sexual del trabajo como haría la ya mencionada Gayle Rubin o la historiadora marxista Gerda Lerner (es decir, la explotación reproductiva surgiría en servicio del mantenimiento de la propiedad privada y debe entenderse asimismo como un proceso gradual y multifactorial). Ignorar esta perspectiva histórica lleva a dos tipos de conclusiones con las que somos totalmente críticas: que las mujeres y los hombres tenemos unas diferencias específicas que nos hacen inferiores a nosotras, o que la opresión es insalvable sin llevar a cabo una guerra entre hombres y mujeres.

La división sexual del trabajo se asienta en la propiedad privada, esto se puede confirmar en base a la evidencia arqueológica: todos los hallazgos que apuntan a una estructura patriarcal son posteriores al Neolítico, es decir: No es hasta este periodo, en el que surge la propiedad privada, en el que el trabajo empieza a dividirse por sexos. Además, antes de este periodo no existía una estructura familiar monógama y las mujeres solían mantener relaciones sexuales con varias personas del clan; ya que la familia monógama surge para garantizar al hombre unos herederos en un momento histórico en el que aparece una propiedad privada y un excedente de producción que interesa legar, y no antes. Asimismo, la monogamia sólo sería impuesta a las mujeres, ya que desde los albores del patriarcado hasta hoy la sexualidad masculina no ha estado estigmatizada e incluso se consiente el consumo de prostitución a la par que se penaliza su ejercicio, constituyendo la institución de la prostitución la otra cara de la misma moneda de la familia y la explotación sexual.

La división sexual del trabajo se manifiesta culuturalmente en determinados mitos como la idea de que los hombres son, por naturaleza, más fuertes que las mujeres, o que ellas son menos capaces para el desarrollo de carreras STEM, o que existe un “reloj biológico” unido a una predisposción mística a la maternidad. No dejan de ser estereotipos y roles de género, que transforman el imaginario colectivo y nos dicta cómo ser hombres y como ser mujeres. Todo ello de manera funcional a un sistema de producción concreto.

Mensajes típicos de mistificación de la maternidad

Asimismo, y volviendo a los apuntes de Rubin y Wittig sobre la heterosexualidad obligatoria, podemos incluso comprender por qué la sociedad patriarcal penaliza las personas LGTB, ya que suponemos un desafío directo a las bases del género al no encajar en la familia nuclear en torno a la cual se orquesta esta división sexual del trabajo y se hace a las mujeres fábricas de herederos de la propiedad privada o de la futura mano de obra a la que explotar. La familiar nuclear es por definición, cisheterosexual y monógama, y todos los avances reformistas que han ido ocurriendo, como el Matrimonio Igualitario, si bien mejoran nuestras condiciones de vida, no dejan de ser un intento del tan flexible capitalismo de hacernos pasar por el aro de esa misma familia nuclear y de adaptarnos a ella. Así se impone el modelo relacional monógamo sobre el resto de ideas relacionales existentes. No queremos decir que un modelo incluido el aclamado poliamor sea más sano que otro, pues cualquier modelo relacional estará suscrito a la imposición de la monogamia y estará condicionado por la sociedad patriarcal y capitalista, desarrollándose mecánicas similares, sino que el patriarcado se asienta en una monogamia y un mito del amor romántico que solamente se inculca a las mujeres.

Cualquier persona que se salga de este paradigma cisheterosexual, es radicalmente rechazada por parte de toda la sociedad, lo que hace que se creen auténticas injusticias con tal de sostener un sistema podrido desde los cimientos. Cuando por fin se ha empezado a aceptar la disidencia sexual de las mujeres (tras la famosa Revolución Sexual), es necesario poner en duda también todo lo aprendido sobre nuestras relaciones amorosas y/o sexuales, basándolas en la afectividad y en el mutuo respeto independientemente del modelo que elijamos llevar.

“Pretendemos conquistar la totalidad del alma del ser amado, pero, en cambio, somos incapaces de respetar la fórmula de amor más sencilla: acercarnos al alma de otro dispuestos a guardarle todo género de consideraciones. Esta sencilla fórmula nos será únicamente inculcada por las nuevas relaciones entre los sexos, relaciones que ya han comenzado a manifestarse y que están basadas en dos principios nuevos también: libertad absoluta, por un lado, e igualdad y verdadera solidaridad como entre compañeros, por otro. Sin embargo, por el momento, la humanidad tiene que sufrir todavía el frío de la soledad espiritual, y no le queda más remedio que soñar con una época mejor en la que todas las relaciones humanas se caractericen por sentimientos de solidaridad, que podrán ser posibles a causa de las nuevas condiciones de la existencia.”

Alexandra Kollontai (1911), “Las relaciones sexuales y la lucha de clases”

En definitiva, el género está anclado en una división social del trabajo, es decir, en tanto que superestructura, se ancla en una base económica y es construida culturalmente por el ser humano. Es por ello que decimos que es un constructo social; en efecto, llama la atención cómo varían los estereotipos y los roles de género de una sociedad patriarcal a otra; e incluso de un tipo de mujer a otra, como expondremos a continuación.

Socialización de género y formación de la identidad genérica

En nuestro artículo “¿Qué es ser mujer?” abordamos el aspecto de la socialización de género. Entendiendo la socialización, tal y como la define Rocher, como “el proceso por cuyo medio la persona humana aprende e interioriza, en el trascurso de su vida, los elementos socioculturales de su medio ambiente, los integra a la estructura de su personalidad, bajo la influencia de experiencias y de agentes sociales significativos, y se adapta así al entorno social en cuyo seno debe vivir”.

Podemos definir que la socialización de género es el mismo proceso bidireccional a través del cual hombres y mujeres aprendemos e interiorizamos las dinámicas en torno al constructo cultural de género, lo que incluye roles, estereotipos y sobre todo, relaciones de poder que sostienen la ya mencionada división sexual del trabajo. Por ejemplo, es una cuestión de roles y estereotipos de género y no un destino biológico, que las mujeres sean relegadas a trabajos precarios relacionados con el cuidado y/o el hogar frente al masculinizado y mejor pagado pero no menos necesario para la sociedad trabajo en la industria siderúrgica. Tampoco es casualidad que en países donde menos estrictos sean los roles de género sean precisamente aquellos donde la brecha salarial es menos acusada. Y es a través del proceso de socialización donde el individuo configura su identidad social, concretamente la mal entendida identidad de género. La cual no es algo que se elija, sino una consecuencia directa de lo interiorizado a través de la socialización. La construcción de esta identidad social supone que incosncientemente emulemos a mujeres significativas de nuestro entorno, nos adscribamos al grupo de las mujeres y, consiguientemente, se espere de nosotras que nos comportemos como tales para ser validadas.

Una cuestión curiosa respecto al género, es que durante décadas ha habido una idea extendida de que “está en el cerebro”, es decir, que forma parte de las configuraciones neuronales que moldean y dan forma a este órgano y a nuestra personalidad. Pero de nuevo, defender esto sería volver a caer en un biologicismo. Es por eso que debemos analizar por qué se ha creído esto. Es cierto que se observan algunos cambios (en muchos casos insignificantes) entre los cerebros de mujeres y hombres, sin embargo esto podría obedecer a la plasticidad del propio órgano. Es decir, que estas diferencias se dan de acuerdo a la socialización diferencial, no la socialización diferencial se da por unas diferencias estructurales. Con los avances científicos actuales, no podemos saber si estos cambios se dan antes o después de que definamos nuestro género, sin embargo lo más aceptado por la comunidad científica es el modelo Interaccionista. Según este modelo, en la construcción de la identidad de género influyen tanto biología como ambiente de desarrollo.

Cuando hablamos de género, no hablamos de una identidad que se elija, ni hablamos simplemente de roles de género ni de destinos biológicos. Hablamos de un constructo social que nos sitúa en el bando oprimido a las mujeres, y que se sustenta en ideas biologicistas (sexo y prejuicios sexuales) y en los roles de género que nos imponen. Pero intentemos ir un poco más allá.

El género también es un conjunto de miedos aprehendidos que se nos imponen, frente a los que nos posicionamos como víctimas del sistema. Esos mismos miedos son impuestos sin pararse a diferenciar en cuanto a genitales o cromosomas, sino que las mujeres aprendemos cómo debemos comportarnos y cómo no. Un ejemplo de estos miedos aprendidos son los que inculca la Cultura de la violación que nos dice que si no cumplimos con unas normas como no vestir de forma provocativa, no salir hasta tarde o tener una vida sexual monógama; seremos agredidas sexualmente porque nos lo merecemos. Pero esto en sí es falso, la violencia sexual no se da por no cumplir determinadas normas, si no que es una demostración de poder por parte de los hombres. El miedo a ser violadas es la principal estrategia del patriarcado para expulsarnos de la vida pública y recluirnos en la esfera doméstica donde se realiza el trabajo reproductivo al que nos relega la división sexual del trabajo.

Además, el trabajo doméstico y de cuidados al cual se ha relegado a las mujeres es otra dimensión que también moldea su socialización. En éste, el valor de lo producido depende del uso, es decir, que personas concretas vean satisfechas sus necesidades. Es decir, las personas que reciben los cuidados los valorarán de manera parcial, inexacta y subjetiva, ya sean como agradecimiento o rechazo. Así, la mujer aprende a valorarse en la medida que es valorada y querida en base a tan arbitrarios parámetros. Además, si la atención sobre la persona cuidada es constante, los cuidados terminan dándose por hecho, como cuando por ejemplo, un hombre llega a casa asumiendo que la cena estará hecha. Esto coloca a las mujeres en una constante receptividad, incluso una vocación ética hacia los cuidados de las personas de su entorno, que muchas veces les lleva a descuidar sus propias necesidades haciéndolas muy vulnerables a los hombres. Ellas plantean su desarrollo moral en términos de responsabilidad y consideración a los demás, ellos en términos de superación de obstáculos y cumplimiento de objetivos. Y esto también puede explicar las diferencias a la hora de escoger carrera profesional que hemos apuntado anteriormente, o incluso en los sesgos de los seleccionadores de recursos humanos a la hora de valorar a los aspirantes a un puesto de trabajo.

Todo esto constituye ejemplos de como la cultura influye decisivamente en nuestra socialización diferencial, mas allá de los evidentes roles de género y estereotipos de género inculcados desde la infancia a través de la publicidad, los juguetes y la vestimenta, que desgraciadamente somos incapaces de describir de la manera más prolija en una entrada. Sin embargo, hemos elegido poner el acento en estos fenómenos de cultura de la violación y de la validación a través del cuidado para ilustrar la influencia de la experiencia subjetiva de las mujeres en su socialización, dando argumentos a favor de que esta resulta un proceso bidireccional entre el individuo y la sociedad sometido a muchos factores.

En efecto, parte de la complejidad de la experiencia de género radica en la inmensa diversidad entre mujeres. Por ejemplo, una mujer trans, si bien siempre que esté en el armario es posible que su entorno espere que se comporte “como un hombre”, interiorizará el miedo a ser violada aprendiendo de su entorno, o experimentará mucha mayor presión estética o incluso en sus comportamientos y manierismos para ser validada como mujer. Asimismo, una mujer discapacitada, asumirá un papel de cuidados de mujer coraje, pues sin ese papel se la desprende de su identidad como mujer; aprenderá que no es un ser deseable, y eso se traducirá en un menoscabo de su autoestima de forma radical y peligrosa que fomentará una dependencia en sus parejas. Lo que se puede llegar a traducir en violencia de género y vulnerabilidad.

El sexo

Actualmente el término “sexo” alude de manera general a la realidad biológica, se trata de un concepto empleado en Biología para hacer referencia a las diferencias anatomofisiológicas entre machos y hembras.

Tipos de sexo que existen según la categoría que estemos analizando.

Sin embargo, las categorías “macho” y “hembra”, tal y como demuestra la evidencia científica al respecto y explicamos en este artículo, resultan totalmente obsoletas. La inmensa cantidad de personas intersexuales (similar al porcentaje de población mundial que es pelirroja) que existen ponen en entre dicho esta concepción binarista.

Asimismo, el discurso biologicista ha intentado naturalizar las diferencias entre hombre y mujeres, tratando de pasar éstas por naturales e innatas. Y son diferencias que, como hemos demostrado, están construidas en torno al género, en torno a una división social del trabajo.

De la misma manera, el género se asigna en base al sexo, a los genitales. Pero esta asignación aunque condicione la socialización posterior no la determina, ya que como hemos apuntado, se trata de un proceso multifactorial. La mera existencia de las personas trans resulta una evidencia de ello.

Sexo y género no dejan de ser las dos caras de la misma moneda. Que existan dos categorías tanto para el género como para el sexo no deja de ser una consecuencia de haber interpretado las diferencias anotomofisiológicas en un esquema binarista. Este es un apunte que en su momento hizo Judith Butler a pesar de las tergiversaciones que se han hecho de sus análisis acusándola de esencialista. Hasta tal punto el sexo es interpretado en base al género, a lo cultural, que muchas veces los caracteres sexuales primarios y secundarios se modifican en base a lo que la sociedad considera “masculino” o “femenino”, como es el caso de la cirugía plástica o las mutilaciones genitales realizadas a personas intersexuales, a personas trans y a mujeres cis en determinadas culturas.

Y dentro de este binarismo, hemos de tener en cuenta que siempre que definimos dos categorías de análisis, tenemos que asumir que siempre van a existir excepciones que se salgan de estas. Tales excepciones, marginadas por no ajustarse a la norma binarista, lo constituyen las personas no binarias y las intersexuales.

Conclusiones

Para comprender la opresión machista y articular un discurso feminista que nos incluya a todas, es necesario hablar de los inicios del mismo. Según hemos contextualizado, estos se remontan al Neolítico, cuando surge la propiedad privada. Este fenómeno ata a la mujer a una explotación reproductiva que se estructura en torno a la división sexual del trabajo y la familia cisheterosexual monógama como núcleo de nuestra sociedad, para así garantizar al hombre poseedor de los medios de producción herederos y mano de obra.

Es por todo esto que debemos hablar del Sistema Sexo-Género como dos caras de la misma moneda, que han sido construidas igualmente sobre ideas erróneas de lo que es ser hombre o mujer, para sustentar así el modelo patriarcal capitalista. Sin embargo, es necesario analizar ambas dimensiones del mismo sistema también de forma independiente para comprender cómo se ha construido un sistema patriarcal que oprime de igual forma a todas las mujeres, desde diferentes ámbitos y culturas. Nuestra opresión emana del mismo lugar, el sistema Sexo-Género, pero dependiendo de las determinaciones que atraviesen a cada mujer, ya sean de raza, de orientación sexual o de identidad de género, el patriarcado hará su mella en ellas de una manera o de otra.

Así, y a modo de conclusión final, debemos comprender la necesidad de hablar de los diferentes tipos de mujeres, para resolver las problemáticas que nos afectan a todas. El patriarcado no podremos eliminarlo sin liberarnos a todas, ninguna se queda atrás.

Bibliografía

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