¿Se puede ser tolerante con los intolerantes?

Desde esta asociación no debatimos sobre los derechos humanos. Estos han sido conquistados con la lucha y la muerte de muchas personas como para que ahora estemos dispuestas a dar pasos hacia atrás.

Tras el auge de LGTBfóbicos, la extrema derecha y también TERF (feministas radicales trans excluyentes); nos encontramos de frente con que se intentan debatir los derechos humanos de muchas personas, confiando en la equidistancia o con la Falacia de que “no se puede pedir tolerancia siendo intolerantes”.

Así escaló el nazismo.

No es nada nuevo, basta recordar el comienzo de la II Guerra Mundial para ver los estragos más crueles que puede llegar a ocasionar. Pero no es necesario irse tan lejos, basta con mirar a Francia y como ha expulsado a miles de romaníes hace pocos años y más tarde volvió a expulsar a cientos de ellos de mano de Manuel Valls, actual concejal de Barcelona. En base a ideas en contra de los derechos humanos que constituyen detenciones y deportaciones dentro de la Unión Europea, sembrando la idea de que deben tolerarse porque no hacerlo iría en contra de las convicciones de algunas personas.

Así mismo, en España estamos viviendo declaraciones frecuentes sobre terapias de conversión sobre personas homosexuales y la opción de los padres para poder llevarles en contra de su voluntad a realizar actividades que se han considerado por la comunidad médica y la ONU como tortura. Y no son grupos fanáticos minoritarios quienes sostienen estos discursos, si no que se les está dando cobertura nacional a un grupo político que quiere torturar a menores.

Y cuando no abogan por las torturas directas, piden el llamado “pin parental”, o que los padres tengan potestad en los contenidos que sus descencientes pueden o no dar en las escuelas públicas, sobretodo en relación a contenido en relación a la disidencia sexual y de género. Algo que a priori va en contra de las leyes educativas y de los derechos de los menores a recibir una educación integral, independientemente de las opiniones de sus progenitores. Derechos que buscan, además, garantizar la protección de aquellos menores que pertenecen a este grupo y tienen padres y/o madres en contra de ellos mismos.

La Paradoja de la Tolerancia

Herbert Marcuse

Con todo esto queremos llegar a lo que se considera la paradoja de la tolerancia. Esta paradoja fue descrita por el filósofo austríaco Karl Popper en el año 1945 dentro de la teoría de la decisión. En ella se propone que una sociedad que sea ilimitadamente tolerante, esta tolerancia será destruida por los intolerantes. Por lo que, para el mantenimiento de la sociedad, esta debe ser intolerante con la intolerancia. Sin embargo, este filósofo utilizó esta teoría como comparativa entre el nazismo y el comunismo, dentro de un marco tremendamente liberal que después ha sido borrado por otros pensadores para hablar de esta teoría desde una perspectiva más radical. Uno de ellos es Herbert Marcuse, quien es considerado como «El padre de la Nueva Izquierda», así él define que la alienación está enfocada en la conciencia misma del hombre moderno, y por tanto no hay forma alguna de escapar a la coacción. Así define la tolerancia como un fin en sí misma, previo a la creación de una sociedad sana y en la que no se tolere ninguna violencia contra seres humanos y animales.

Aunque en un principio pueda parecer algo confuso o incluso incongruente, si analizamos el fondo, tiene tanto sentido como la afirmación con la que abríamos el artículo. Una sociedad que tiende a ser tolerante y respetuosa con los Derechos Humanos va a tender a permitir declaraciones y exigencias que vayan contra estos mismos, incluso con el mismo concepto de estado. Si además sumamos que sean grupos de poder o con dinero los que tienen estas creencias, el poder que pueden ejercer sobre la población, la opinión pública y las políticas va a creecer de forma exponencial a la legitimidad que se les otorgue. Y además bajo la equidistancia de aquellas personas que no se ven directamente afectadas por las ideas de estos grupos, lo que supone legitimar que sus opiniones son “válidas”.

La legitimación como forma de normalización

Un signo obvio de esta situación es la escalada de violencia que se ha llevado a cabo en torno a la “libertad de expresión” sobre el colectivo LGTB que ha causado un aumento de agresiones a personas LGTB al ver legitimadas opiniones en contra de los derechos de este grupo.

Los delitos de odio y otras formas de discriminación no deben ser toleradas ni alentadas, ni tampoco ignoradas bajo la premisa de que es una opinión. Cuando hablamos de legitimación lo hacemos en base a que si la sociedad considerara totalmente aberrantes estas declaraciones, no solo serían minoritarias, sino que además las personas cuidarían en gran medida el expresarlas, puesto que las sentirían como incorrectas. Sin embargo, al verse legitimados consideran que, aunque no estén “bien”, sus opiniones y conductas no están mal, no consideran que sean algo malo o de lo que sentirse avergonzados.

La discriminación en cualquiera de sus formas es algo que deberíamos tener asociado a algo terrible, de forma independiente de a quién se dirija, debería considerarse como algo a evitar de todas las formas posibles. Pero nos encontramos con que en muchos casos es al contrario: cuando se crean nuevas políticas para la mejora de la calidad de vida y contra la discriminación de muchas personas existen multitud de voces discordantes que, sin verse afectados por dichas políticas, las critican en base a sus propias creencias discriminatorias y normalmente desvirtuadas de la realidad.

La defensa de los derechos

La defensa de los propios derechos, cuando estos se ven vulnerados por una persona, colectivo o el estado es un derecho en sí mismo y por tanto legítimo de todas las personas. Nosotras lo definimos como “El Derecho a la rabia”, es decir, que cualquier grupo oprimido que vea sus derechos fundamentales en peligro, tiene todo el derecho a enfadarse, gritar, ser “violento” o no “guardar las formas”. Al fin de cuentas, ningún derecho humano se ha logrado conformándose y siendo equidistantes.

Sin embargo, cada día se ve cómo ante la respuesta de una persona que ve su propia existencia atacada, son las personas que quieren restringir sus derechos las que se victimizan. Diciendo que no se respeta su libertad de expresión o su libertad de pensamiento, olvidando por completo que nuestros derechos no pueden ir en contra de los de los demás y esto incluye que no se puedan verter opiniones racistas, LGTBAfobas, machistas, capacitistas… Incluidas aquellas que se escudan en distintas religiones para hacerlo.

No podemos ni debemos ser tolerantes con aquellos que nos quieren quitar nuestros derechos, nuestras identidades y nuestras vidas. Ni tampoco permitirles que lo sean con otros grupos vulnerables, el silencio nos hace cómplices. No dejarse amedrentar por los que lo intentan y no retroceder puede ser un camino duro y por ello lo debemos recorrer juntas para seguir construyendo una sociedad en la que todas seamos respetadas.

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