Sara de Córdoba (1939 – 1995, Mujer Trans)

Con motivo de las reivindicaciones del Orgullo, hemos querido publicar una serie de artículos (sí, este es solo el primero) de mujeres históricas que además eran trans. De esta manera queremos visibilizar cómo siempre han estado ahí, a pesar de que la historia haya querido borrarlas. Hoy os presentamos a Sara Muñoz Caballero, conocida como “La Paquera de Córdoba”, nació el 10 de Abril de 1939, solo 9 días después del final de la Guerra Civil. En el barrio de la Judería, concretamente en una casa de vecinos de la Plazuela de Maimónides (Córdoba), hija de una pareja originaria de Bélmez que había venido a la capital como refugiados de guerra. Fue bautizada en el sagrario de la Mezquita de Córdoba y enviada al Colegio de las Esclavas, pero duró poco: “Era rebelde, con los niños no cuajaba”. Vivió su infancia en lo que hoy es el Museo Taurino.

Desde bien chiquita se identificó como niñA: las vecinas la recordaban siempre jugando con las otras nenas: a las casitas, a las muñecas, “a los peinados”, obsesionadita con ser, como ella misma relataba, “la madre, yo le daba pecho a los muñecos” y casi siempre vestida con la ropa de su hermana Elena. El padre de familia lo llevaba fatal y nunca llegó a aceptarlo. Eran famosas en la casa de vecinos las palizas y los castigos crueles que recibía, como dejarla sin comer y atarla a la pata de la cama hasta que se iba a trabajar. Era entonces cuando la madre le acudía y la confortaba. También la alimentaba a escondidas.

Ya ves tú, hija, la madre sí la entendía y la apoyaba, y nosotras en la casa también, porque las criaturas nacen como son y ya demasiado difícil tenían la vida fuera de la casa como para machacarlas también dentro, angelico, ¡si era un cachito pan! Pero tú sabes, los hombres como son, y el padre era un borrico”

Relata una de las vecinas.

Sara tuvo mala suerte y su madre le faltaría demasiado pronto, se le quedaría esa pena toda la vida. Cuando intentaba acercarse a los niños le iba regular tirando a mal, como la anécdota que recoge Paco Muñoz en su blog:

“Era mayor que nosotros, siete u ocho años, pero su edad no era la del carnet de identidad, era mucho más joven y gustaba de jugar con los más chicos, porque estos, pensaría, no la rechazarían como los “machos” mayores, que imitaban el espíritu nacional de la dictadura. El sitio de juegos era el Patio de los Naranjos de la Mezquita. Los Patios como les llamábamos.”

Tengo un recuerdo de ella, cuando quería jugar con nosotros, estábamos jugando a “La una mi mula”, parecido a pídola, en la galería del patio. Entró por el postigo de la Leche, tenía una camisa blanca abrochada al cuello, sin corbata como era natural, una chaqueta, posiblemente de alguien más grueso porque le venía algo ancha, y por calzado unas zapatillas de paño. Pidió jugar, con su natural timidez y sonrisa, y el clásico tunante, a pesar de ser unos años menor que ella, le empujó que casi la derriba, y le dijo:Aquí no queremos maricones.

Ella agachó la cabeza y sin repeler el ataque no dijo nada, esperó un cambio que le permitiera jugar y al comprender que no iba a haberlo se marchó. Varias personas la animamos a quedarse. Reprendimos al agresor, que se ufanaba de su acto. Quizás por esa sumisión y la persecución que sufría constantemente aquello no se me olvidó. Seguro que le hubiera dado unas pocas de tortas al tunante, por su mayor envergadura y edad, pero se marchó. Nunca le hizo mal a nadie.

Paco Muñoz

Ya huérfana de madre, a los 14 años, tuvo su primera relación sexual “Mi primer amor fue un vecino mío y fue en el váter, en casa de su tía, que vivía cerca del Hospital general…” Algunas lenguas dice que realmente Sara fue violada por dicho vecino, pero yo prefiero quedarme con su testimonio para la Televisión Municipal, porque si algo le faltaba a Sara eran pelos en la lengua para contar verdades y desmentir los bulos que surgían sobre ella. Su padre acabó “dejándola por caso perdío” metiéndola interna en un colegio por la zona de la Fuensanta. De allí pasó a estar interna en otro centro llevado por frailes en Los Olivos Borrachos, la barriada de las Electro Mecánicas, “La Letro” para los cordobeses, pero salió de allí “escopetá”; sufría al tener que vestirse de muchacho y además, no era ella muy de Iglesia.

“Yo voy a misa cuando se muere alguien. Comulgo sin confesar, pues ya se puede hacer. Yo me siento en paz con Dios y no hago daño a nadie, pues respeto a todo el mundo”

Solía decir Sara.

Intentó quedarse en casa de su hermana una temporada cuando esta última vivía en el Campo de la Verdad, pero también acabó saliendose de allí porque con su cuñado se llevaba mal. Muy probablemente porque no veía con buenos ojos que la hermana pequeña de su mujer, de la que nunca respetó su identidad, siguiera frecuentando la zona de El Charco de la Pava y el antiguo campo de fútbol, donde ofrecía sus servicios sexuales a hombres en compañía de otras prostitutas al caer la noche. Fue en esa época cuando sufrió sus primeras redadas policiales y alguna noche en los calabozos de La Higuerilla, por aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes.  Después fue condenada a un año de prisión en la cárcel del mismo Charco de la Pava por el famoso crimen del paraguas “Ya ves, yo, que no soy capaz de matar a una mosca, era la más mariquita y la más visible de eso, porque no me escondía, y me tocó.” Otra vez la pillaron con su amiga “La Coneja” vestidas de mujer durante el Carnaval de Jerez y se la llevaron 6 meses a la prisión de allí.

La Paquera.

Para entonces ya la conocían como La Paquera, porque estaba de moda La Paquera de Jerez con su canción “Maldigo tus ojos verdes” y con Paquera se quedó, aunque ella en verdad renegaba un poco del apodo porque “Nunca me gustó, esa cantaba muy bien, ¡pero era muy fea!” También empezó a ganarse  unos dineros actuando, cantando su “Torre de arena”, “Pan, amor y cha cha chá” y canciones de su artistas favoritas, Marifé de Triana, Sara Montiel y Marujita Díaz por distintos garitos de varietés (llegó a ganar 1000 pesetas por noche actuando en uno de esos locales sitos en Cañero) y sobre todo, en los Carnavales, su época favorita del año.

Sara y sus amigas en Carnavales.

Sara hablaba con mucho orgullo de ella misma y de sus compañeras carnavaleras, La Chicharito, La Pantoja, La Mecedora Loca, Currito “La Niña del Lunar” (que era modista y de las buenas, y que era la que hacía los trajes a todas), La Chichi, La Marifé, La Paqui, entre otras que desafiaban abiertamente la prohibición en la época franquista y armaban la jarana por la Axerquía cuando llegaban esas fechas, siendo reclamo para toda Córdoba porque eran divertidísimas y hacían lo que les daba la gana. “Vamos a la calle Montero de fiesta con los maricones” era la frase más repetida. “Nosotras no dejamos que el Carnaval muriera y apenas nos lo reconocen” se solía quejar Sara cuando llegó la democracia y comenzaron los homenajes a otras figuras y a chirigoteros cordobeses. Precisamente los recuerdos personales más vivos que tengo, como la mayoría de los que éramos criaturas en los 80, son de ella dándolo todo en los pasacalles, con su lengua sucia, desafiando el frío porque le encantaba vestir lo más provocativa que pudiera, su sonrisa franca, bailando y disfrutando. Especialmente recuerdo el año en que se disfrazó de Sabrina, con la teta fuera. Y es que para entonces Sara ya se había operado el pecho y estaba orgullosísima de sus tetas.

Sara haciendo la Mili fingiendo ser otro hombre más para evitar las burlas y el acoso.

Pero volvamos atrás: A Sara la llamaron a filas y le tocó hacer la mili en en Córdoba, en el Cerro Muriano y en El Blanquillo, en el Regimiento de Artillería 42. Durante ese periodo hizo una sola guardia porque justo se asustó de una bicha que le entró a la casetilla y se lió a tiros con ella, con el consiguiente revuelo de todo el cuartel. Rápidamente la catalogaron de “marica” y se pasó la mili de freganchina del regimiento, en la cocina y haciendo las camas de todo su barracón “14 en total, las dejaba niquelás”. Al salir se ingresa con su padre en el Asilo del Buen Pastor donde él estaba y que llevaban las monjas. Allí la empleaban de limpiadora y lavandera, también tiraban de ella para arreglar a los ancianos que fallecían, porque “si algo tenía esa criatura era buen pellejo para trabajar, era una máquina”. Hasta que se peleó con Sor Sagrario, porque le tiró encima una cubeta de agua por malhablada, su contestación fue “¡Esa agua se la echa usted en el coño!” y, claro, la echaron. No sin que se despachara antes a gusto con todas las monjas y les dijera a la cara todo lo que pensaba de ellas.

Imagen de la Ermita de los Santos Mártires, donde se solía ver a Sara.

Otra vez en la calle, siguió “haciendo la carrera” por los alrededores de la Ermita de los Santos Mártires y del Molino de Martos, y deambuló una temporada por las pensiones de La Corredera, donde se la veía a menudo echando el ratito con los vecinos y los comerciantes de la zona. Sobre todo le gustaba colocarse en los soportales donde, todavía hoy, se ponen los tenderetes del mercado de antiguo.

Soportales de La Corredera, donde se la veía a menudo echando el ratito con los vecinos y los comerciantes de la zona.

Finalmente alquiló una habitación en la calle Alcántara y tomó de día el oficio de pintora de brocha gorda, pintando salas, casas, portales y blanqueando y encalando fachadas, por el cual era muy solicitada, ya que combinaba el buen hacer en el trabajo con el canturreo y los chascarrillos con las mujeres que la contrataban, que la quería mucho, la retenían todo lo que podían: “Chiquilla, quieres un café, quieres un cognac, quieres un anisete, mira, esta falda/blusa/vestío se me ha quedao chico, pa ti si lo quieres”. Una de ellas era mi tía-abuela Tránsito, que decía a boca llena: “Niña, es que cuando viene a blanquearme las salas me da la vida, es mu guarrona hablando, dice muchas picardías, y yo me meo de risa, pero al mismo tiempo es tan educada y cariñosa, te da tanta compaña que cuando acaba y se va, la sala se me hace más oscura sin estar ella.”

“La recuerdo en casa de mi madre sentada en el váter, mi madre decolorándole el pelo con agua oxigenada, hablando de sus cosas. Delante de nosotros, los niños, no decía nunca picardías, procuraba cortarse. Pero siempre nos contaba chistes”

Recuerda otra mujer de mi edad que la trató de chica. Doy fe personal de que así era y que nunca perdía la sonrisa. Era habitual verla casi siempre manchada de pintura y de cal, sobre todo en primavera y verano, que era cuando más trabajo le salía.

Ya empezaba a ser muy conocida por su condición de mujer trans y por su propia fisonomía. Estuvo unos años en hormonas, y le salió el pecho. Al principio encantada de la vida pero luego “las dejé porque no me gustaban, me sentaban mal. Me ponía muy gorda, me daban muchas ganas de comer, no me ponía cachonda”. Finalmente y como he dicho antes, sí se operó el pecho y se lo pagó: su padre. Volvió a verlo, ya muy viejo y muy débil, y le dio las 200.000 pesetas que tenía ahorradas y guardadas “para que no se las comiera el demonio” (¡supongo que alguna monja!) “Con las doscientas mil pesetas me voy a poner las tetas, le dije a mi padre, y se murió enseguía; pero no fue culpa mía, que estaba ya mu malito”. Ni corta ni perezosa se plantó en el Hospital Reina Sofía para averiguar qué cirujano operaba y finalmente lo hizo con el Dr. José María Cabrera Montero, por un total de 150.000 pesetas.

Con la democracia se metió en el Círculo Juan XXIII, siendo miembro activista de la primera organización LGBT andaluza, el Frente de Liberación Homosexual de Andalucía (FLHA), para hacer fuerzas con “los que tenían estudios” para eliminar esa misma Ley de Vagos y Maleantes que le aplicaron a ella “A mí, que me he pasao toa mi vida blanqueando y fregando suelos, jartita de trabajá”, mientras reivindicaba su condición de “maricón de nacimiento” y hacía hincapié en que ella era “travesti auténtica” y que su deseo era que se la tratara de ella, mientras despreciaba la hipocresía de aquellos que hacían vida de hombres casados hechos y derechos y se paseaban con sus familias “por la Calle Cruz Conde durante el día, pero por la noche bien que me buscan en la Rivera”.

“Además algunos son mu gurruminos, la mitá de los tíos no quieren pagar, yo hago el servicio por 500 pesetas y me vienen llorando: es que no tengo, es que estoy parado, es que solo tengo 20 duros… Y yo les digo que entonces que se hagan una paja con dos piedras”.

Solía contar Sara.

Decía que tenía clientes muy famosos, pero que de su boca nunca saldrían sus identidades por respeto y porque no quería romper familias. Nunca tuvo novio formal porque “Yo libre, como los taxis. Hay hombres que me han gustao mucho. Pero enamorarme, pa liarme con un tío, ni hablar”
En 1981 fue coronada “Miss Gay 1981” en la Sala de Fiestas de los Amaya, donde actuaba a veces, y conservaba muy orgullosa la placa que la acreditaba como tal. Sara continuó sus últimos años compaginando sus múltiples trabajos con su pasión por el Carnaval y con la vida misma. Era frecuentemente entrevistada para Radio Mezquita por el periodista Mario Fraile, que también le hizo una larga entrevista para Provisur S.A. , retratada por el fotógrafo Luis Vidal, y llegó a cumplir su sueño de subirse a las tablas del Gran Teatro imitando a su querida Sara Montiel. Le dedicaron un capítulo con entrevista para la Televisión Municipal en el programa “Cita con…” en 1993, que os dejamos abajo.

Vídeo de Archivo Municipal de una entrevista que se le realizó en la televisión cordobesa.

Vivió de últimas en el nº 13 de la Calle Engracia, en un piso sin cocina ni cuarto de baño, donde la encontraron muerta la mañana del 6 de abril de 1995, vestida únicamente con una bata azul fina. Días antes fue asaltada, violada y apalizada por un grupo de hombres. Es conocido en Córdoba que la muerte le sobrevino a raíz este incidente. Sin embargo, la familia que le queda viva, que la dio de lado en vida y sigue negando su identidad, insiste en que fue “muerte natural”. Le quedaban únicamente 4 días para cumplir los 56 años y fue grande la consternación entre los cordobeses.
La seguimos recordando con ternura, sobre todo por la Corredera y la Calle Montero, la Plaza de San Agustín y la Plaza de San Juan de Letrán.
Como colofón, dos últimas anécdotas:

“Era muy amiga de mi novia Loli y mía. Un día iba yo por la rivera en mi moto con mi novia en enero, hacía mucho frío y la vimos paseando con un escote exagerao, me paré y le dije: “Paquera vas a coger una pulmonía” y ella me contestó: “No, porque cuando te veo me caliento como un brasero.”

¡Lo que nos reímos los tres!”

“Era una fiesta, no paraba de cantar y contar historias, y jamás la vi triste… Y es cierto que sufrió un ataque brutal que le provocó su fallecimiento poco después. Seguro que el cielo es una fiesta con ella, porque en otro sitio, no puede estar.”

Vídeo casero de La Paquera de Córdoba.

Bibliografía

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