Disfrazarse de una identidad

Llegan las fiestas como Halloween y la hora de disfrazarse y, como todos los años, llegan las controversias, las dudas y las ofensas.

Los disfraces son una forma más de expresión, una salida de la rutina, un desahogo de risas en una fecha especial en la que podemos salir de lo que somos y convertirnos en cualquier cosa, lo que anhelamos, lo que nos asusta, lo que nos oprime, o cosas imposibles. Sin embargo, hay disfraces que no siempre son adecuados, porque esconden detrás una burla hacia colectivos vulnerables u oprimidos.

En Rebelión Feminista hemos realizado este artículo que expone el daño que causan los disfraces de identidades oprimidas. No planteamos una prohibición absoluta de la libertad de expresión para no ofender a nadie, explicamos cómo afecta esta expresión humorística a nuestras vidas.

¿Cómo daña disfrazarse de una identidad?

El efecto principal de vestirse y parodiar una identidad oprimida desde una perspectiva opresora es el refuerzo de los estereotipos negativos respecto a esta identidad. Normalmente estos estereotipos son de debilidad, inferioridad física y/o mental, e incluso de monstruosidad inepta para vivir en una sociedad.

Esa es la imagen que damos las mujeres, personas racializadas, discapacitadas y LGTB, y por ello sufrimos las consecuencias. Para nosotras, nuestra identidad no es un disfraz que nos pongamos cuando queramos y del que nos podamos despojar, es la piel de nuestro día a día. La dificultad de acceder a determinados puestos de trabajo, de encontrar una vivienda, de entrar en locales, incluso de salir a la calle. Nuestra identidad nos puede costar la vida y no hay disfraz que nos salve de ese destino.

Esa violencia brota de una cultura de odio hacia nuestras identidades, fruto de la opresión estructural de la que hablaba Marx. A través de la superestructura cultural, los discursos de odio y burla, refuerzan la opresión de una clase dominante a otra.

Apropiarse de la etiqueta de Mujer:

Una de las características de los disfraces de mujeres y, además, para mujeres es que representan no solo una parodia sino una realidad. Y es que, tanto cuando las mujeres como cuando los hombres buscar un disfraz femenino, este siempre está hipersexualizado.

Otra de las características es el tipo de disfraces que socialmente se asocian a las mujeres y están hechos para nosotras. No son de alta ejecutiva (Y si lo son, ésta está tremendamente sexualizada), son secretaria sexy. No son médico (médico espeluznante si es Halloween), es enfermera sexy (espeluznante enfermera-zombie sexy).
Otra representación de este sesgo respecto al género, son los disfraces más comunes entre hombres: mujer fiestera, de la calle, buscona, sexualizada y estúpida. Así se refuerzan los roles de género, otorgando a la mujer los trabajos de limpieza, cuidados, inferioridad laboral y cosificación sexual.

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Los hombres disfrazados de mujeres refuerzan además la imposición física femenina. Agudizan la voz como si no existieran mujeres con voz grave (cisnorma), parodiando la voz femenina con falsetes. Usan grandes pechos falsos y se maquillan, perpetuando los roles de género.

Ocurre además, que cuando los hombres se disfrazan de mujeres –cosa que no sucede a la inversa, es decir, cuando las mujeres se disfrazan de hombres– se convierte en un acto jocoso, divertido; porque la identidad femenina se ve débil, indigna y absurda. Un hombre disfrazado de mujer no pretende ser una representación real de lo que es ser mujer, por eso muchas veces se dejan la barba y el vello corporal, que para las mujeres en general es un tabú y, específicamente para las trans puede ser motivo de disforia. De hecho, las mujeres trans son el colectivo de mujeres más afectado por este tipo de disfraz, ya que la sociedad las ve como “hombres vestidos de mujeres”, una aberración y hasta una trampa.

La reapropiación de la feminidad por parte del colectivo homosexual es un foco de debate. Adueñarse de los insultos lanzados desde el bando opresor heteronormativo puede permitir replantear las cualidades como positivas en vez de vejatorias, pero puede acabar reforzando los roles tóxicos de género y verse como una burla a la feminidad. La pluma es una expresión válida de la homosexualidad (además de ser una de las reclamaciones de las nuevas masculinidades) y muchas veces su rechazo consiste en misoginia interiorizada y rechazo a la feminidad y sus rasgos positivos como la dulzura y la suavidad. Pero hay que tener cuidado para que esta pluma no refuerce actitudes tóxicas de la feminidad como la competencia y la superficialidad, ya que afecta, de manera especial, a las mujeres.

El Black Face y los disfraces de diferentes razas/etnias:

Es muy común, especialmente en Navidades, disfrazar a personas blancas de negras, para representar al Rey Baltasar y sus pajes, exagerando sus rasgos hasta llegar a caricaturizarlos: enormes labios rojos y piel negra como el betún, como si las personas negras no tuvieran variedad corporal, distintas formas labiales y tonos de piel.

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Además de caricaturizar el físico, muchas veces los disfraces incluyen la caricaturización de su cultura, dando una imagen de que estas son atrasadas frente a la primermundista. Mientras los disfraces de un francés son de una persona amigable con su baguette al hombro, los de africanos –como etiqueta que engloba todas las culturas del continente– son iguales a los de cavernícolas prehistóricos pero con pelucas y un tinte negro. Otro ejemplo son los disfraces de Oriente Medio como fanáticos musulmanes terroristas, lo cual refuerza su mala imagen, cuando la mayoría de víctimas de terrorismo no son occidentales sino orientales y musulmanas.

Así es como, mediante la parodia, los disfraces refuerzan los roles del poder colonial de Europa y Norteamérica sobre el resto de civilizaciones. Inferiorizando todas las culturas ajenas a las suyas a través de parodias y estereotipos negativos.

Discapacidades e Institución:

Los disfraces sobre discapacidad están más rechazados socialmente que el resto de los que aparecen en el artículo, pero continúan siendo un recurso de apropiación.

Estas representaciones promueven ideas preconcebidas de cómo se supone que actúan las personas con discapacidad, a la vez que fomentan que los dolores son fingidos y una necesidad de llamar la atención. Esto causa que las personas discapacitadas sean puestas en duda continuamente y tengan mayores dificultades para conseguir sus derechos.

Existe gente que, no sólo se disfraza, sino que finge en la vida real padecer una discapacidad para aprovecharse de los derechos que esto otorga. Por eso los Gobiernos ponen en duda las discapacidades y dificulta a las personas que realmente tienen problemas el acceso a sus derechos básicos a través de las ayudas institucionales.

Heteros fingiendo relaciones Homo:

Últimamente se ha puesto de moda entre la gente hetero darse besos con gente de su mismo género para normalizar las relaciones homosexuales y bisexuales, pero esto acaba teniendo el efecto contrario. Al final la gente acaba interiorizando que las relaciones entre gente del mismo sexo son cosas de amigos, chiquilladas, experimentación, una fase. No se toman tan en serio como una relación heterosexual.

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Además, las relaciones sáficas –es decir, entre dos mujeres bisexuales u homosexuales– muchas veces se cree que se usan para dar morbo a los hombres, hipersexualizando a las mujeres y tomándolas como sujetos dependientes, que no pueden tener relaciones que no tengan como fin último satisfacer los deseos sexuales de éstos.

Conclusión:

Los disfraces son parte de la fiesta, de la salida de la rutina, de la expresión artística de cosas que no puedes expresar a diario, incluso de la denuncia, la parodia y la obscenidad. Pero en ocasiones estas expresiones pueden causar mucho daño a colectivos oprimidos.

Al igual que otras expresiones de humor, los disfraces pueden pasar de una sátira hacia el orden establecido con un discurso rompedor, a un refuerzo de este mismo orden que daña a las personas oprimidas, normalizando su situación.

Por ello, es importante escuchar a las personas oprimidas y, en vez de disfrazarse de ellas, ponerse realmente en su piel, empatizar o intentar comprender su situación, y darse cuenta de que el dolor de otras personas no debería ser motivo de burla.

El respeto acota la libertad de expresión pero al final sigue quedando una infinita gama de probabilidades para disfrazarnos, incluso con personajes polémicos y verdaderamente rompedores. Nos queda satirizar las instituciones que nos oprimen y que realmente merecen ser la diana de nuestra frustración.

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